jueves, 29 de noviembre de 2007

Leyendo a Vila-Matas (I): vida y ficción

Al romper una relación sentimental, uno comienza a percibir de manera inmediata ciertas cosas que, no por vistas mil veces, dejan de sorprenderle. En primer lugar, te das cuenta de la gran cantidad de canciones dedicadas al tema. Pareciera, de hecho, que el 90% del poprock esté dirigido a los corazones rotos (ese maldito All By Myself, por ejemplo, excelso monumento a la mala leche). Acabas por apagar el transistor del coche o el ipod por temor a que el exceso de autoconmiseración te deje sin sangre, te sobrevenga una hipopsia y acabes, de propina, redescubriendo la solidez del pavimento. En segundo lugar, eres acosado por el mayor de los tiranos: el recuerdo. Apabulla la fuerza con la que el pasado se impone al presente, e incluso al promisorio nuevo futuro. Cualquier tontería realizada conjuntamente con la ahora ex pareja, aquellos paseos y comidas a los que uno no había dedicado antes un solo segundo de pensamiento, o incluso aquél viaje infernal en el que lo pasaste tan mal, son revisitados con nostalgia como si fueran dorados tesoros por el mero hecho de que son ya irrepetibles. Llega un momento en que uno se mira al espejo y el reflejo le devuelve un rostro extraño, una rara mezcla de Adam Sandler y Ben Stiller en sus comedias románticas más cutres.
Afortunadamente, a continuación llegan más revelaciones, esta vez nada inesperadas. Por ejemplo, la reafirmación en los hábitos de toda la vida, su validez eterna, su perdurabilidad. En mi caso, la lectura, naturalmente. Puesto a esa labor, comencé dando por sentado que no estaría yo para leer, así que intenté dar facilidades. Ya que mi mal reciente procede del ámbito real, de la vida misma (de hecho, es la vida), decidí eludir aquel tipo de libros que trataran de tumultos y solazamientos amorosos o sexuales, dar de lado esas novelas y cuentos que se nutren de la convivencia y la fatalidad, de las exudaciones que se le escapan a la prosaica realidad diaria. Así pues, me dirigí a la pila e hice bajar posiciones a los Amis, Roth y Houellebecq, hasta dar con lo que buscaba. Y lo encontré: Enrique Vila-Matas, la ficción por encima de la vida, la literatura.
La literatura nunca me ha fallado, desde mi infancia siempre ha estado conmigo, y espero que continúe siendo mi compañera de viaje, mi amor indisimulado, por el resto de mis días, transcurran estos en soledad o en multitud. Podría decir que la lectura de Exploradores del abismo me ha salvado, y quedaría genial, pero sería una exageración impropia de alguien tan discreto. Sí es cierto que he obtenido sosiego interior y que me ha dado atenuantes para mi mal. Y lo ha hecho por varios caminos, de varias formas. Por una parte, la del mero entretenimiento, pues la lectura me ha resultado tan absorbente que rara vez me ha permitido divagar hacia otros asuntos. Pero también por su propuesta, que a la postre ha sido definitiva en mi apaciguamiento.
Tengo la virtud (no dudo de que es tal cosa) de embeberme en la atmósfera de los libros que disfruto. Durante el tiempo que dura mi recorrido por ellos, estoy y no estoy. Realizo mis rutinas diarias, pero los colores y olores del libro lo empapan todo. Su universo tira de mí y me ausenta. Vila-Matas propone siempre el predominio de la ficción, el poder de la mirada literaria sobre la obtusa realidad. Debido a mi empatía hacia los libros, eso me ha forzado a buscar la literatura en mi situación, y gracias a ello, todo ha adquirido un tono más amable, nada trágico. En vez de sufrir la realidad, me he convertido en un observador de mi persona. He contemplado con curiosidad auténtica mi paso por el trago amargo de la ruptura. Como el propio Vila-Matas en la ficción, me he convertido, por unos días, en disidente de mí mismo.
Tal ha sido el efecto placébico de semejante estrategia, que, de hecho, me ha sobrevenido una absurda sospecha tras cerrar las cubiertas del libro. Entre sus páginas, alude con reiteración el escritor a un fenómeno que él denomina sincronicidad, aquello que tal vez conozcan muchos de ustedes como serendipia. Concluye que, para que se den este tipo de fenómenos, toda la vida (toda) de cada uno de los implicados en el improbable encuentro ha de haber estado dirigida, hasta en sus más nimios detalles, hacia la encarnación de esa casualidad. Pues bien, yo tengo un raro convencimiento. Creo que el colapso renal sufrido por Vila-Matas, sin el que quizás no habrían sido escritos estos cuentos, no tuvo otra razón de ser que la de crear este libro para que, tras su natural proceso de edición, lo leyera yo en este momento justo, para que yo pudiera abstraerme de mí mismo y, así, observarme siguiendo el ritual de la separación, asistir perplejo a mis intentos de huida ante las canciones tristes, ante el vocerío de los recuerdos. Contemplar, ajeno a las emociones, mi cara de acelga ante el espejo, mis esfuerzos por rehuír antiguas fotos. Y, finalmente, verme disfrazar de homenaje a Enrique Vila-Matas lo que, en realidad, no es más que un tonto desahogo.
Muchas gracias, señor escritor.




Nunca confíes en el narrador.

jueves, 22 de noviembre de 2007

SdE: Todo tiene su fin

Esta sección no va más allá. Su vida ha sido tan breve como la de Ben, mi añorado heterónimo. Es lo malo que tiene el tiempo: con el uso se desgasta, como todo lo demás. Las cosas jamás vuelven a ser como fueron, el pasado es irrecuperable.
No más Eve.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía (Parte IV)

Luz

Tres hilos principales recorren las páginas de Luz. Michael Kearney es un físico del presente que, según lo expuesto en las otras dos historias, descubrirá junto a su compañero Brian Tate el sistema de viaje interestelar. En el siglo XXV, Seria Mau Genlicher se ha fusionado con su nave, la Gata Blanca, y recorre los alrededores del halo en una extraña alianza con la raza nástica, enemigos de la humanidad. En ese mismo futuro, Ed Chianese es perseguido por las calles de NuevoLuz, edición española Venuspuerto, el enclave humano en el Canal en el que proliferan las técnicas de realidad virtual, las drogas de diseño y una raza alienígena caída en desgracia. Dominándolo todo, con una presencia tangencial en el presente y visceral en el futuro, se encuentra el Canal Kefahuchi, una singularidad cósmica de enormes dimensiones, una fisura de luz en el espacio rodeada por billones de toneladas de instrumentos alienígenas, olvidados como chatarra por cientos de razas que intentaron averiguar su secreto en el lejano pasado, sin éxito alguno. Las tres líneas argumentales acaban por converger gracias a la aparición de un personaje que había permanecido oculto en las tres historias, un ser perteneciente a la especie más avanzada de entre los antiguos exploradores del Canal, que lleva milenios esperando en soledad a que el plan definitivo se cumpla.
Vista la trama, es obvia la pertenencia de Luz al género de la ciencia ficción. Es casi un compendio de éste. Su relato transcurre en escenarios más que reconocibles, en el corazón del género. Las vivencias de Kearney se incluyen dentro de lo que podríamos llamar “relatos de científicos”, aunque con una orientación muy distinta a la presentada en la novela Cronopaisaje, de Gregory Benford. La historia de Seria Mau está inmersa en una de las space operas más originales de los últimos tiempos. La ambientación y temática del relato de Ed Chianese lo acercan al ciberpunk de estilo eminentemente gibsoniano. Ejerciendo de principio activo, el Canal Kefahuchi desempeña el papel de arquetípico constructo cósmico inconmensurable, presto a ser explorado pero no comprendido, como sucedía con los ya clásicos Rama o el Mundo Anillo. Harrison lleva la premisa aún más allá, al robarle su fisicidad al artefacto y convertirlo en algo casi espiritual. En el centro de las tres historias, oculto, maniobra un alienígena siguiendo un plan ancestral poco claro. Y como colofón, el mensaje de trascendencia final, inesperadamente optimista, acerca la novela de Harrison a algunas de las tesis de su más ilustre y antitético compatriota, sir Arthur C. Clarke. Concluyamos, pues, que Luz es una novela de cf clásica. No bordea el género, no lo elude, se sumerge en él y se nutre de él en sus valores más puros. Space opera, hard y ciberpunk; no ucronía, distopía o fábula futurista. ¿Qué convierte a esta novela en especial? ¿Qué la hace distinta de las demás? Sin duda alguna, el tratamiento de los personajes y el estudio que realiza mediante ellos de la condición humana. Quitémosle la primera capa a la historia y veamos qué hay bajo la piel.
Kearney es un asesino en serie que huye de su demonio privado, el Shrander. Desde que le robó unos dados, fabricados con un material de apariencia semejante a la de huesos humanos gastados, se le aparece con algún ominoso fin. La única forma que Kearney encuentra para aplacarle es el asesinato. Seria Mau, por otra parte, decidió a los 11 años renunciar a su humanidad. Se negó a convertirse en la adulta que un padre proclive al abuso quería que fuera tras la muerte de su madre. Su huída la llevó a fusionarse con una nave K, un proceso irreversible que la recluyó en un tanque cerrado y la convirtió en otra cosa. Ahora mata a los de su propia especie en connivencia con los násticos, enemigos de los humanos. Finalmente tenemos a Ed Chianese, un centella émulo del consabido perdedor gibsoniano. Antes fue piloto de sumernaves, una actividad de riesgo dentro del Canal, uno de los mejores a la hora de entrar hasta donde nadie lo había hecho y volver con vida. Olvidada su gloria, pasa los días en los tanques de RV, escondido de todo, viviendo una vida falsa, enganchado a la mentira. El Canal Kefahuchi, concepto central de la novela, une a los tres personajes: potencia las percepciones de Kearney, ofrece su amplio perímetro a los vagabundeos de Seria y marca el pasado y el futuro de Ed.
Pero esos son tan sólo los datos básicos. Tal como los protagonistas repiten con insistencia, hay “Siempre más, más después de eso”. Cuantas más capas se retiran, más aparecen. ¿Qué mueve realmente a los protagonistas humanos de esta historia? ¿Qué comparten y cuál es la base de sus torturadas existencias? Quizás la huída de sí mismos, la negación de sus posibilidades de futuro que empujó a los tres a realizar en su día una elección errónea, imposible de enderezar. A la edad de tres años, Kearney tuvo atisbos de una fractalidad, la posibilidad de un nivel escondido en la realidad, esas “chispas en todo” que también percibiría Ed Chianese cuatro siglos más tarde. Sin embargo, decidió enterrar esa posibilidad de trascendencia y su propia condición especial. Se sumergió en la fantasía de Retama, un lugar ideado en el que la realidad exterior, metaforizada en el sexo compartido, no pudiera tocarle. En sus relaciones sexuales renuncia a realizar la penetración porque eso le mantiene en los dominios de Retama, le aporta la sensación de no ser afectado por la realidad. Tras su tropiezo con el Shrander, su miedo le empuja a buscar como remedio apotropaico el asesinato.
El problema de Seria es complementario y contrario a la vez. Tampoco quiso convertirse en adulta, pero en oposición a Kearney, ella no creó un espacio privado en su infancia, así que escogió otro camino distinto, desgraciadamente irreversible. Como simbionte de la nave, ve imposible recuperar su condición anterior, pero tampoco puede evitar que la siga atrayendo. Seria es humana, pero su imposibilidad de demostrarlo la convierte en un monstruo obligado a huir hacia adelante y eliminar toda relación con su pasado. En el exterminio de sus congéneres busca “pruebas de sí misma”.
En otro extremo distinto, el hastío, el vació interior y el aburrimiento existencial han empujado a Ed hacia la evasión definitiva. Al contrario que Kearney, esta realidad se le ha quedado pequeña, y busca otras en las que divertirse y dar sentido a su vida. Se convierte por ello en un centella, un adicto a la RV donde no tiene que ser más él mismo. Es eso, precisamente, lo que la presencia alienígena busca lograr con sus planes a largo plazo con la humanidad. Cuando Ed atisba la alternancia, está por fin preparado para comprender lo incomprensible, el Canal Kefahuchi, un misterio a varios niveles. En primera instancia, es un enigma galáctico desentrañable para las numerosas razas que han intentado abordarlo con mentalidad positivista; más allá, el Canal es luz en su concepción neoplatónica, el centro de donde surge la conciencia universal, el trasfondo de la realidad. O el demiurgo gnóstico, sólo entendible desde la espiritualidad. Su forma lo dice todo.
En torno a los protagonistas humanos y su relación con el enigma cósmico gira el corpus de la novela, sumando e interrelacionando otros elementos que, por su complejidad, adquieren importancia propia. Tanto la conjunción de escenarios como los demás personajes, siempre al servicio de lo que Harrison quiere contar, demuestran una enorme potencia imaginativa. Tío Zip y Billy Anker, a pesar de su relación consanguínea -o más bien debido a ella- personifican dos conductas opuestas: el materialismo y el espíritu de aventura desinteresado. Harrison se sirve de ellos para criticar la fiebre mercantilista que se ha apoderado actualmente de la ciencia. La búsqueda de tecnología en la Playa, el sobrecargado entorno del Canal, no está motivada por el afán de mejorar a la humanidad. Buscar entre la chatarra dejada por las anteriores razas galácticas no es más que un lucrativo negocio. En el lado opuesto, los surferos de sumernaves como Billy Anker arriesgan su vida por diversión, para poner a prueba su espíritu. Valentine Sprake es el conocedor, un arquetipo harrisoniano. Sabe lo que está haciendo Kearney y conoce la existencia del Shrander. O eso parece, pues sólo tenemos la inestable percepción mental del mismo Kearney como prueba. Tate comienza siendo un físico capaz, con familia, ejemplo de normalidad, pero a medida que avanza en la investigación y el Canal comienza a hacer notar su presencia, se vuelve más oscuro, ominoso, proceso que culmina en la desasosegante escena de la casa hermetizada, locura en estado puro. Anna es, sin duda, el contrapunto más importante de Kearney dentro del carácter insano de la historia. Tendente a la autoayuda, coloca cartelitos en paredes y puertas buscando reafirmarse. Anoréxica, suicida frustrada, necesita a Kearney a pesar de, y por sus disfunciones. Los momentos compartidos por la suicida y el asesino, su muestra de necesidad mutua, contienen la mayor riqueza literaria del libro.
El universo creado por Harrison vive para sus personajes, pero no sólo de ellos. Las imágenes de conjunto, la terminología que inventa, tienen una potencia inusual. La Playa, donde reposan como si de un cementerio de naves se tratara, los restos de civilizaciones muertas hace eones; Nuevo Venuspuerto, el enclave humano en el halo, con sus callejas repletas de vida, drogas de nombres tan sugerentes como café electrique, AbH o parches genéticos, y realidades virtuales donde evadirse; los Hombres Nuevos, especie perdedora apegada a la basura que crea el hombre; las naves k, que batallan en 10 dimensiones y 4 ejes temporales distintos; operadores sombra y cultivares; lugares como Bahía Radio o Motel Splendido. Todo un universo propio detallado con gran imaginación y maestría.
Tanta riqueza hace de Luz una novela inabarcable, que ni siquiera en repetida lectura descubre todas sus cartas. Una y otra vez se descubren nuevos matices escondidos en algún párrafo. Siempre hay algún nuevo punto de vista para dar solución a sus misterios, algún nuevo nivel, una nueva forma de mirar la novela. Hay tiempo hasta para el juego. Si se intercambian las letras de cada uno de los nombres de la manada Khrisna Moire que persigue a Seria Mau se obtiene recompensa; si se investiga el lugar de procedencia de Ed, se descubre la razón de su apodo. “Más, siempre más después de eso.” Al igual que sus obsesiones, Luz está trufada de detalles coincidentes, gestos, expresiones, incluso personajes especulares. Como en “Egnaro”, los detalles ocultos parecen indicar la existencia de algo voluntario, de una creación y un secreto escondidos tras la trama. Harrison juega a obsesionar al lector como obsesiona a sus personajes, a invitarle a buscar una conciencia oculta detrás del telón de las historias que narra. Los gatos, la relación filial, las anormales actitudes sexuales, los infinitos detalles. Luz es un libro más de preguntas que de respuestas, una singladura por los senderos escasamente iluminados del interior humano. Cada lector encontrará soluciones distintas a algunos de los interrogantes, conclusiones concurrentes o conclusiones dispares. Unicamente se puede aseverar esto: la elusiva realidad que se esconde tras estas tres historias unívocas, esa conciencia oculta que maneja este mundo ficticio, proyecta la silueta del propio M. John Harrison. Para afrontar la lectura de Luz cabe seguir el consejo que el Shrander le da a Ed Chianese en las páginas finales del libro: “No quiero que lo comprendas. Quiero que lo navegues. Ve profundo”.
Esta novela no viene a salvar a la ciencia ficción, pero sí a marcar el único camino válido para salvaguardar la identidad del género: demostrar que se puede hacer literatura de ideas con un Solaris, de Stanislav Lemalto contenido literario. Huxley, Burgess, Ballard, Orwell y otros pocos elegidos lo lograron desde la frontera. Desde dentro, desde una temática clásica, prácticamente nadie lo había conseguido. Sólo una obra se ha acercado antes a lo que Harrison logra aquí, pero su autor estaba demasiado aislado como para que nadie siguiera su ejemplo. Me refiero a Solaris, de Stanislaw Lem, con la que Luz guarda una relación estrecha. Ambas novelas comparten naturaleza interna. Un misterio, de carácter inefable, sirve de percutor y telón de fondo para el desarrollo interior de sus personajes, que afectados por lo incomprensible evidencian en sus reacciones algunos de los rasgos ocultos de la naturaleza humana. Lo que se presenta como el intento de comprensión de la entelequia cósmica (el océano viviente de Solaris y el Canal Kefahuchi) se transfigura en un estudio de la psique humana a través de unos elementos internos y externos que los torturan. A partir de ahí, por supuesto, cada una de las dos novelas elige sus propios argumentos. La metafísica y la condición humana, el carácter universal del proceso interior de sus personajes, colocan las aspiraciones de ambas obras en el mainstream literario, aun perteneciendo de manera obvia a la cf.
Solaris es un clásico indiscutible, apreciado por sus valores literarios generales. La ambición intelectual de las dos versiones fílmicas y el reconocimiento de la crítica literaria generalista así lo atestiguan. Sin embargo, nadie en el poderoso mercado anglosajón supo o pudo aprovechar la brecha abierta por el polaco en los muros literarios del gueto. Los tiempos han cambiado. Cuarenta años después de aquella obra, escritores importantes acuden en oleadas cada vez mayores al género a coger lo que quieren, sin padecer atávicas vergüenzas ni cargos de conciencia. Constituyen una nueva generación que viene sin recelo. Ven la normalidad de la cf desde fuera ¿Será capaz la cf de ver esa misma normalidad desde dentro? Gracias al ejemplo que representa Luz, el proteccionismo ya no es necesario. La identidad del género está a salvo.
Esta novela es una invitación. Si se da la espalda a su propuesta, su autor pasará a ser un involuntario émulo de Lem, dejando para la historia una maravillosa obra que pudo significar algo más y no fue. De Harrison depende continuar en esta misma línea; de los demás, seguir su estela. Para quienes nos adscribimos a la tercera vía, esa ciencia ficción clásica de alta calidad literaria, Luz es, sin duda, lo más grande que le ha sucedido al género de la ciencia ficción en los últimos años.


Santiago L. Moreno



Parte I
Parte II
Parte III
Parte IV

¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía fue publicado originalmente en Jabberwock 1, anuario de ensayo fantástico.

sábado, 17 de noviembre de 2007

¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía (Parte III)

M. John Harrison y la nueva revolución

Volviendo al asunto de las revoluciones, si en estos momentos hay algo en marcha, Pensad en Flebas, de Iain M. Bankssin duda es en Gran Bretaña. No es extraño que sea en aquellas islas donde se registra la máxima concentración de calidad en los últimos años. Allí se originó la New Wave en los 60, y lo que ocurre actualmente tiene mucho que ver con aquel movimiento expansionista. Los autores británicos llevan algún tiempo explorando un nuevo camino que puede convertirse en el germen de algo mucho más grande. Pecando de grandilocuencia, se podría afirmar que lo que allí ocurre puede convulsionar los cimientos del género. Por un lado, una serie de escritores como Stephen Baxter, Alastair Reynolds, Paul McAuley, Ken MacLeod y, especialmente, Iain Banks con su Serie de la Cultura, están reconfigurando la space opera mediante una visión moderna, transhumanista e intergenérica de las tradicionales aventuras espaciales, concordante con la forma de pensar del siglo XXI y sus nuevas tecnologías; por otro, ha surgido una actitud literaria que, si bien aún no puede considerarse un movimiento, sí goza de una recurrencia común a nuevas formas de encarar el género fantástico. Se caracteriza por una posmoderna y libertaria fusión de subgéneros que suele dar como resultado novelas inclasificables, de difícil ubicación, y que sólo pueden ser etiquetadas bajo el vasto epígrafe de literatura fantástica.
Autores como China Mieville, Steph Swainston o M. John Harrison fusionan subgéneros y presentan obras donde la cf, el terror y la fantasía, en alguna de sus muchas vertientes, se entrelazan con tinte surrealista dando como resultado novelas de fisonomía exótica y marcado eclecticismo. Este nuevo paso, que acucia aún más la maltrecha identidad de la cf, ha sido bautizado por Mieville como weird fiction por su paralelismo, en cuanto a la ausencia de barreras y al mestizaje literario, con lo publicado en la añeja revista Weird Tales, que en los años 20 hospedara a H. P. Lovecraft, Clarke Ashton Smith o Robert E. Howard en sus páginas. Algunos críticos se han aprestado a señalar la importancia de esta naciente New Weird, aunque las propias palabras de Harrison, respondiendo a su posible participación en el fenómeno, dejanMichael John Harrison abierta una versión de los hechos más clarificadora: “Yo a esto lo llamo hacer lo que quiera”.
M. John Harrison comenzó escribiendo para la revista New Worlds hace ya casi 40 años. Como Christopher Priest, creció a la sombra de gigantes como Ballard, Aldiss o el propio Moorcock, aportando su buen hacer a la New Wave, y llegando a participar en el universo literario colectivo de Jerry Cornelius. Aunque reconoce la importancia que tuvo la revista en su gestación como escritor, declara que muy poco queda en él de todo aquello. A Harrison la New Wave se le quedó corta: “Yo quería ser libre para escribir cualquier cosa, incluso aquello que desaprobábamos”. Eso es lo que los escritores de las islas británicas están haciendo en estos momentos. Quizás la New Weird no sea en realidad mas que la evolución final de aquel otro movimiento, su eclosión definitiva producida por la liberación de sus propias barreras. Lo cierto es que el nuevo fenómeno se presenta como un crisol capaz de contener con éxito las complejas y desinhibidas mixturas presentes en las literaturas de género actuales. Para la calidad literaria es una buena noticia; para la ortodoxia de la cf, quizá no tanto. El giro comienza a ser tan violento que casi obliga a darle la vuelta al principio de Spinrad. La ciencia ficción que conocíamos comienza a derivar hacia otra cosa. Los adeptos a la trinidad conformada por los tres subgéneros fantásticos están de enhorabuena. El tiempo de los puristas se acerca a su fin, es la era del cambio.
Para evitarlo, haría falta un ejercicio de reafirmación, intentar el imposible. ¿Recuerdan? Ciencia ficción clásica de alta calidad literaria. Y aquí es donde entra la paradoja, porque quien realiza el tirabuzón imposible es parte esencial, precisamente, del a priori antitético nuevo movimiento. A veces sucede que la solución se encuentra en dirección opuesta a donde se la sospecha. Haciendo lo que le da la gana, asentado en el extremo contrario al rígido dogma, M. John Harrison ha creado una quimera. Su novela, Luz, es ciencia ficción nuclear, pero sobre todo es literatura en estado sólido. Es el desenlace de una larga carrera en solitario, que El curso del corazón, de M. John Harrisonfiel a sus principios literarios, da su máximo fruto en un terreno que se le suponía adverso.
Desde aquellos tiempos en New Worlds, Harrison se ha estado buscando a sí mismo. De carácter inconformista, sus novelas ramonean entre géneros. Ciencia ficción, en The Centauri Device, una space opera incluida en "Las cien mejores novelas de ciencia ficción", de David Pringle, de la que sin embargo no se siente muy orgulloso. También fantasía propia, como la serie de Viriconium, en la que atenta contra las normas preponderantes en el género. Posteriormente iría perfeccionando una temática más personal, hasta encontrar su nicho literario definitivo en novelas inclasificables como El curso del corazón o Signs of Life. Entró de lleno en el mainstream (de nuevo el "síndrome de Ballard") con Climbers, una novela sobre el mundo de la escalada, y cuando ya nadie lo consideraba recuperable, publicó Luz, una obra que ha insuflado vida al género.
Al igual que Philip K. Dick o Christopher Priest, Harrison ha convertido el tratamiento de la realidad alterna en una monomanía. Al contrario que en las narraciones de Dick, el misterio nunca se hace patente, aunque se evidencie en pistas sugeridas aleatoriamente, en comentarios hechos por dementes y conversaciones ajenas escuchadas al margen. La manera como Harrison hace llegar la verdad oculta e indefinida del mundo al lector siempre es indirecta, comunicada a través de sus personajes, núcleo central de sus historias. El secreto es compartido por uno de ellos con el protagonista, que cae presa de la obsesión. El concepto del legado cobra gran importancia, pues gracias a él es como pasa de mano en mano la información. Como dice uno de los personajes en El curso del corazón: “Creo que no imponemos nuestras inquietudes a los demás, sino que las legamos como pequeñas herencias”. En las historias de Harrison, esas inquietudes abarcan realidades enteras. Así, hace partícipe al lector de la sospecha, sugiere otra realidad latente, intersticial, más allá del conocimiento, entreverada con los acontecimientos y sucesos que ocurren en la vida de sus protagonistas, siempre remarcada a través de los sentidos; presencias, olores, matices de luz... El significado de esa búsqueda de lo intangible es metafórico; lo fascinante es darle sentido, decidir si esa realidad oculta no es más que la plasmación de eso que todos buscamos, de lo indefinido; quizás el sentido de la vida. O si se trata, a otro nivel de lectura, de algo real o de una alucinación insana de sus personajes.
En cada una de sus obras, Harrison ha presentado esa realidad inasible bajo diferentes nombres. Su primera aparición se puede encontrar en la colección monográfica "El mono del hielo", donde Egnaro es a la vez la existencia alternativa y el título del cuento que la cobija. En El curso del corazón, el Pleroma, un espacio que trata de evidenciarse desde la trastienda delEl mono del hielo, de M. John Harrison todo, comparte trasfondo con el Coeur descrito por Michael Ashman, un personaje inventado por uno de los protagonistas que es a la vez una extraña modernización de Sherezade. En Luz, como veremos más adelante, el Canal Kefahuchi es una singularidad que ejerce un efecto de apertura en los sentidos internos de los protagonistas hacia una extraña trascendencia.
Además de sus complejas obsesiones argumentales, Harrison cuenta con un dominio maestro de las técnicas literarias. Su prosa es exacta, altamente descriptiva. Los ambientes que describe están en consonancia con el interior de sus personajes. Oscuridad, lluvia, fríos escenarios que ensombrecen el alma y recuerdan el tedio de las grises y solitarias tardes de invierno. Magistral en el manejo de la estructura temporal, Harrison intercala una serie de flashbacks en la narración, aportando poco a poco los datos que le faltan al lector para la construcción correcta de cada uno de los personajes. Cada paso indaga en un pasado cada vez más lejano hasta descubrir el punto original de la aflicción del personaje en conjunción con el desarrollo final de la trama en el presente.
Esas formidables cualidades se concretan de forma definitiva en Luz, potenciadas por las características que aporta la particular idiosincrasia del género de ciencia ficción. Es una novela en la que los acontecimientos están sometidos a la evolución interior de sus personajes, como siempre, su activo más importante. A través de ellos, disfuncionales, perturbadores y perturbados, desasosegante muestrario de nuestras regiones más oscuras, se exploran sentimientos y verdades de calado universal, como el miedo a la trascendencia, la irrevocabilidad y unicidad de la libre elección y la dificultad del cambio. En definitiva, la condición humana y su temor a lo indefinido. Ese estudio de nuestra psique se nutre de un material genérico que no se sitúa en fronteras ni en ese territorio nebuloso llamado slipstream. Los personajes de Luz ostentan su universalidad sin complejos, desde dos líneas temporales separadas por cuatrocientos años y en un contexto conformado por naves espaciales, misterios cósmicos y mecánica cuántica.


Parte I
Parte II
Parte III
Parte IV


¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía fue publicado originalmente en Jabberwock 1, anuario de ensayo fantástico.

viernes, 16 de noviembre de 2007

¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía (Parte II)

La actualidad del género

A comienzos de los años 90, en medio de una de esas sequías cíclicas que solían acuciar al género en España, el ánimo general se avivó con el debate más interesante que se haya vivido por estos pagos. Por una parte, el entorno de la revista Gigamesh se mostraba partidario de una ciencia ficción más literaria, que fuera cuidadosa con el aspecto formal de la narrativa; por otra, losRevista Gigamesh nº 3 responsables de la revista Bem y de la colección de libros Nova defendían la cf como literatura de ideas, en la cual lo importante era el fondo de lo narrado, que permitía, apoyado en el “sentido de la maravilla”, la exploración de ciertos temas desde perspectivas que sólo concede este género. Por supuesto, ninguno se declaraba excluyente. Más cuidado formal no quiere decir vacuidad, así como preponderancia de la idea no significa descuido estilístico. En realidad, la diferencia no se basaba exclusivamente en una cuestión forma versus fondo, no se enfrentaban cultismo y conceptismo, sino algo más común a la idiosincrasia del género. El mayor cuidado estilístico, tras la herencia dejada por la New Wave, es más propio de la cf soft, mientras que la idea recibe un tratamiento más contundente en la cf hard. Así pues, unos defendían al escritor J. G. Ballard como paradigma de sus reivindicaciones, no sólo por su prosa, sino también por el contenido literario y universal de sus historias. En el otro bando, se prefería a escritores más apegados a los parámetros clásicos del género, como el triunvirato conocido con el sobrenombre de “Killer B’s” (Gregory Benford, Greg Bear y David Brin), más imaginativo en sus creaciones en cuanto a las implicaciones científicas, bastante menos en las existenciales.
La encendida discusión, aparecida con el consabido retraso propio de este país, no era nueva. En los años 50, las tres principales revistas norteamericanas de aquella época representaban en origen, de forma incluso más dividida, a nuestras dos facciones del conflicto. John W. Campbell Jr., en Astounding, continuaba su labor de construir buenas historias de trasfondo científico con la idea como eje principal; Horace L. Gold, en Galaxy, dirigía a sus autores hacia argumentos en los que el hecho humano fuera más importante, dando más relevancia a lo experimentado por los personajes que a la tecnología; Anthony Boucher, en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, hacía hincapié en lo literario, premiando sobre todo lo demás la calidad en la escritura de las narraciones. Seguramente, esa suma de fracciones contribuyó decisivamente a edificar una época dorada tanto en nombres como en títulos, plagada de obras maestras. Años más tarde, la New Wave partiría definitivamente en dos un género que desde los 70 ha derivado entre la idea y el estilo, y rara vez se ha apoyado en ambos.
Volviendo a España, aquella divergencia fue la nota más destacable en una década de escasez salvada casi en exclusiva por los libros de Nova, las revistas de Gigamesh y la sempiterna Minotauro. Acabó la década, el siglo e incluso el milenio, y la realidad que muestra el año 2004, en comparativa con lo anticipado en aquellas discusiones, es muy distinta a lo esperado. Estamos, sin ninguna duda, ante el mejor momento de la cf en nuestro país. Al menos cuatro revistas importantes se dedican a ese cajón de sastre que es el género fantástico, cuyos libros -cf incluida- son reseñados en publicaciones profesionales de literatura general; numerosas editoriales, tanto antiguas como de nuevo cuño, presentan novedades en las librerías en cadencia y cantidad espectaculares; por otra parte, Internet une a cientos de aficionados en foros dedicados a la temática. Incluso la producción nacional ha Antología premio UPC 1995despegado gracias a premios excelentemente remunerados como el Minotauro o el UPC, y también a que editoriales importantes se aventuran con nuestros autores. El momento es tan bueno que incluso plagas propias de la prosperidad han aparecido en el otrora famélico género, como la piratería, la especulación o la estafa.
Los negocios van bien, pero ¿y la literatura? Asentados en la nueva realidad del género, en este momento de bonanza, ¿en qué quedó aquel intenso debate? ¿Podemos ver, a la luz del momento, quién ha ganado el partido? En realidad, los hechos demuestran que ambas partes se equivocaban; o, al menos, que no tenían la razón absoluta. La facción defensora de la literatura de ideas echaba mano del refranero y proclamaba que prefería ser cabeza de ratón que cola de león. Hay algo romántico en la apología del gueto, ese canto a la marginalidad de tintes autoconmiserativos. Se puede entender el aprecio por la vida tribal, en el terruño. Sin embargo, no es entendible la pretensión ulterior de que eso es mejor que una vida llena de lujo y comodidades. Los placeres solitarios pueden ser más satisfactorios, pero eso no los hace mejores. No, eso habla de nuestras querencias como individuos y de nuestras limitaciones, del gusto propio, no de la calidad objetiva. Es cierto que hay obras de cf que cuentan con una calidad literaria innegable desde el punto de vista más exigente, pero precisamente, y no por casualidad, son las obras que muestran un mayor cuidado formal, estilístico y temático. Las que defiende el sector pro literario. Sin embargo, éste también yerra. Exige calidad, pero se obsesiona con la aceptación exterior. Quiere, anhela que desde el mainstream se reconozca la valía literaria de la cf cuando la tiene, y eso convierte al género en un pedigüeño, en el adolescente que busca la aquiescencia de su padre, sea como sea. Esa actitud encuentra su máxima expresión en una premisa falsa y enormemente peligrosa, aquella que dice que el baremo de calidad de una obra de género se mide por su grado de exportabilidad. Es decir, que una obra de género se convierte en respetable sólo si consigue el nihil obstat de un lector que no es afín a la lectura de género.
Ambas propuestas aciertan y a la vez se equivocan. Los puntos débiles en sus estrategias conducen a serios desequilibrios. El solipsismo produce una merma en la calidad que deviene ineludiblemente en deterioro. El lector que adquiere mundo fuera de las imaginarias fronteras del gueto y atesora por ello un cierto acervo literario, abandona al poco el género decepcionado por la baja calidad literaria que encuentra. Por otra parte, el anhelo por agradar a la crítica general, por obtener el reconocimiento exterior, empuja al escritor a buscar las zonas de menor conflicto, de mayor plausibilidad literaria. Así, las novelas ganan en calidad, pero a costa de alejarse de la naturaleza inherente a la cf al instalarse en escenarios menos abruptos para el lector generalista. Una catalogación de las escasas novelas del género aceptadas por la crítica general arroja un resultado clarificador. Un mundo feliz, 1984 o Farenheit 451 son, esencialmente, obras político sociales. No hay carnet de pertenencia a la ciencia ficción, es cierto, pero es innegable que sí existe una escala gradual según la temática y los argumentosJames Graham Ballard esgrimidos. Por herencia de Gernsback y Campbell, el hard o la space opera son más identificables como cf que, por ejemplo, la ucronía.
Las dos maneras de ver el género, por tanto, adolecen de una cierta falta de miras. El noventa y nueve por ciento del género es basura, es cierto, pero también lo es que su núcleo no es exportable. Ni una gestalt internacional magnífica, cuyos componentes fueran Proust, Shakespeare y Cervantes, lograría, en su obra de mayor calidad, llegar al gran público con un argumento construido en torno a las vicisitudes de una especie no humanoide en las lindes de una estrella de neutrones. La ciencia ficción es el género más extremo, el que se expresa con una radicalidad imaginativa más exagerada. Eso exige una complicidad que la mayoría de lectores no están dispuestos a conceder. Sus fronteras son exportables, su núcleo no.
Así pues, los autores capaces de crear novelas de primera magnitud literaria se encuentran más a gusto fabulando en la frontera del género, donde la permisividad ajena es menos rígida. James G. Ballard, quizás el mayor exponente de la cf de empaque, es paradigmático. Sus primeras novelas de desastres entran dentro de los cánones de la cf. Posteriormente, sus obsesiones han continuado siendo las mismas, pero, desde que escribiera Crash, su abandono del género en busca de horizontes personales inexplorados es evidente. Tal como dice Amis: “Con Crash, Ballard se liberaba de ese género; de hecho estaba en camino de volverse sui generis”. Hay más casos, como el de Ray Bradbury, poseedor del estilo más apreciado en la edad clásica de la ciencia ficción, que siempre bordeó el límite. La propuesta resultante de esto no apunta hacia el relajamiento de la calidad, sino todo lo contrario. Se necesita esa misma calidad, pero en el núcleo central de la ciencia ficción, para que sobreviva y se potencie. Moorcock, en los lejanos 60, llamaba la atención sobre “la necesidad de aumentar el nivel literario de la cf para evitar que los escritores de fuera, con técnicas superiores, puedan manipularla”. Proféticas palabras, si devolvemos la vista al presente.
En estos últimos años el género ha sido desbordado por los nuevos acontecimientos. El gran boom de la fantasía en otros medios ha convertido al género fantástico en una fábrica de mixturas. Muchos autores, tal como se reclamaba, han empezado a mirar hacia fuera, pero no en la dirección que se esperaba. Algunos lo han hecho hacia el thriller científico, que goza del favor del público (y del dinero), o hacia la fantasía tan en boga. Ambos fenómenos se han hecho Bajo la piel, de Michel Faberpatentes en las últimas ediciones de los premios anuales que tradicionalmente se otorgan en el mundillo de la cf. Los eminentes Hugo y Nebula se han convertido en un auténtico caos, un festín de apellidos ajenos a la cf como Rowlings o Gaiman, más propios de otros campos.
Lo más sorprendente, sin embargo, ha sido el ascenso de un proceso silencioso que no ha seguido el guión marcado por los teóricos. No han sido los autores de dentro los que han intentado exportar el género, sino los grandes escritores de fuera los que, en oleadas, han empezado a edificar sus narraciones sobre elementos fantásticos, cf incluida. Es decir, no ha habido exportación. Son ellos los que han venido y han cogido lo que necesitaban. Y sin pedir permiso, como era de esperar. De Michel Faber a Andrew Sean Greer, de Philip Roth a Michael Cunningham, una colección de autores ilustres apoyan sus nuevas historias en premisas fantásticas. El resultado final es que dentro del género no ha cambiado la calidad, aunque en muchos casos sí el registro; y, desde el otro lado, esos escritores foráneos han comenzado a subvertir las normas del género, a jugar en los límites externos, a hacer una cf de calidad literaria a la que insisten en denominar de otra forma, ya sea novela futurista, de especulación científica o ficción política. Incluso desde el mismo género se le ha colocado el epígrafe de slisptream. La conclusión delata una evidente crisis de identidad en el campo de la ciencia ficción. Fuera, se hace una cf con mayor calidad que nunca, pero que no es cf. Dentro, continúa la tradición de la literatura de ideas, pero el gueto se constriñe cada vez más por la nueva concepción posmoderna de los géneros.
¿Existe una solución? Si es así, desde luego pasa por la unión de los aciertos de ambas facciones y la erradicación de sus desaciertos. Una tercera vía. Ciencia ficción clásica con una importante concentración literaria, que cumpla unas exigencias objetivas de calidad estilística, estructural y temática, que apruebe con nota cualquier examen formal y de fondo aplicable a cualquier obra literaria común, pero que trate los temas habituales de la cf. Luz, edición inglesaNo para buscar el reconocimiento exterior, ni para consumo exclusivo del gueto. Ciencia ficción clásica de alta calidad literaria para lectores que disfrutan con la literatura bien escrita y con las posibilidades imaginativas y especulativas que sólo la cf es capaz de ofrecer. Las palabras “gueto” y “reconocimiento” son ya presa de la obsolescencia, ignorémoslas. Esto es literatura. No más falacias ni muros inventados.
¿Pero es posible escribir una obra de ciencia ficción desde la ortodoxia y dotarla a la vez de una gran calidad literaria? Es difícil, pero no imposible. M. John Harrison lo ha demostrado. Luz, su increíble última novela, aúna mediante una excelente prosa el space opera y la cf hard, potenciados por un tratamiento de personajes exquisito, de marcado carácter universal, que indaga en los secretos del alma y la psique humanas. Una obra singular que no debería pasar desapercibida.


Parte I
Parte II
Parte III
Parte IV


¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía fue publicado originalmente en Jabberwock 1, anuario de ensayo fantástico.

jueves, 15 de noviembre de 2007

¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía (Parte I)

What is character but the determination of incident?
What is incident but the illustration of character?


The Art of Fiction
Henry James



¿Qué sabemos de la ciencia ficción? Su peripecia vital rebasa en años la de cualquier ser humano, y sin embargo, la indefinición acerca de su naturaleza continúa dando cuerpo a las primeras líneas de los numerosos ensayos publicados sobre el género. No sabemos con exactitud dónde están situadas sus fronteras ni, debido a esa falta de concreción, cuándo comenzó. La sarcástica aportación de Norman Spinrad (“Ciencia ficción es todo lo que se publica como ciencia ficción”) se ha visto desfasada en los albores del siglo XXI, pues el género fantástico, cf incluida, ha sido tomado al asalto por escritores y publicaciones ajenos a su entorno, mientras que algunas publicaciones dedicadas en exclusiva a la cf han comenzado a publicar narraciones más propias de otros géneros. A falta de dilucidario, la teoría siempre acaba por usurpar el terreno de la certeza y arrojar soluciones dispares. Así, amparándose en lo exótico del escenario, algunos críticos se sumergen hasta tiempos lejanos para rescatar obras de extraña ambientación, ya sea geográfica, temporal o, sencillamente, política. De ese modo, personajes del pasado tan ilustres como Luciano de Samosata, Tomás Moro, Cyrano de Bergerac o Voltaire son señalados como pioneros de la denominada proto ciencia ficción.
Bajo la inexcusabilidad del tratamiento científico, otros críticos se suman al escritor y ensayista Brian W. Aldiss y reivindican el clásico Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary W. Shelley, como obra inicial de la cf, género que para el británico es, más allá del hecho tecnológico, producto de la evolución y adaptación de la novela gótica a los nuevos tiempos. La teoría más aceptada, sin embargo, apunta hacia los viajes e invenciones extraordinarios de Jules Verne, y especialmente a los romances científicos de H. G. Wells, quien en sus novelas trató los grandes El mítico primer número de Amazing Storiestemas que han nutrido a la literatura de ciencia ficción a lo largo de todo el siglo XX. Sin embargo, aun con tan dignos antecedentes europeos, la versión oficiosa otorga al estadounidense Hugo Gernsback la paternidad del género, ya que fue él quien lo bautizó e hizo popular al fundar la primera revista especializada, Amazing Stories, en abril de 1926.
Es imposible, ciertamente, saber cuándo comenzó la cf, con qué obra literaria. El problema no radica tanto en la cuestión cronológica como en la amplitud de campo. ¿Es la ciencia ficción un escenario o una temática? ¿Es sólo futurismo exótico o especulación antropológica? ¿O quizás se nutre de ambos conceptos? En definitiva, ¿es la premisa de la ciencia indispensable en el género literario al que da nombre? Resulta paradójico, en un género que se diferencia de la fantasía por su rigurosidad con lo posible (“La ciencia ficción intenta ser realista”, sentencia Martin Amis), que la única forma de concretar la adscripción de un relato a sus dominios sea mediante el uso de una suerte de intuición. Cuanto más se acerca a la ciencia, la duda disminuye: eso es ciencia ficción. Cuanto más se aleja de las ciencias duras, los recelos aumentan. La política, la sociología o la psicología suelen ser el origen de la ciencia ficción de mayor reconocimiento literario, aunque generalmente ésta sea en realidad simple fantasía surgida de una transposición carente de rigor -basada generalmente en la exageración- de elementos reales a un entorno irreal: ciencia ficción feble. Si se concedieran puntos para la pertenencia al género, estos dependerían, desde los tiempos de Gernsback, del uso que la narración haga de la ciencia. Por eso la cf hard es ubicada en el corazón del género, y la cf soft, en sus difusas fronteras.
Amparándose en esa dificultad taxativa, la ciencia ficción ha experimentado un vivaz proceso evolutivo que, paso a paso, desde las viejas revistas pulp hasta el presente, ha ido acercando sus ambiciones temáticas y estilísticas a las de la literatura general. A finales de los años 30, John W. Campbell Jr., como editor de la revista Astounding, redefinió el género y lo condujo hacia la llamada Edad de Oro. Imbuyó en los autores, tanto nuevos como veteranos, la necesidad de presentar una mayor seriedad en los argumentos de las historias, y de relacionar las especulaciones tecnológicas con el elemento humano. En definitiva, le otorgó al género, dentro de laNew Worlds, revista de ficción especulativa imposibilidad taxonómica, un atisbo de identidad propia, centrando sus preocupaciones en la relación entre ciencia e individuo. En la década de los 60, Michael Moorcock, desde la revista New Worlds prendió la mecha de la New Wave en las islas británicas, y la fiebre literaria se apoderó definitivamente del género. El espacio interior sustituyó al exterior en los intereses de los autores, que buscaron también nuevas técnicas de creación, en algunos casos marcadas por un experimentalismo extremo. En la revista de Moorcock se dieron cita jóvenes valores que hoy, 40 años después, configuran directamente, o a través de su influencia, lo más interesante que está produciendo la cf del siglo XXI. Escritores como Christopher Priest, M. John Harrison, J. G. Ballard, Brian W. Aldiss o el propio Moorcock.
La New Wave no se limitó a medrar en su país de origen. Viajó a Estados Unidos, donde produjo, bendecida por Harlan Ellison, una revolución que cambió drásticamente las expectativas del género. El germen de una cf más literaria y temáticamente densa creció de forma exponencial hasta desembocar, unos años después, en el hoy muy popular ciberpunk. Movimiento y subgénero a la vez, nació en 1984 con Neuromante, la obra seminal de William Gibson, aunque realmente llevaba varios años gestándose. Surgió como reflejo del cambio posmoderno y de la naciente revolución informática, y sus señas de identidad se asentaban en una mezcla de novela negra y realismo sucio tecnológico. Con el ciberpunk, la cf, alejada de exotismos futuristas, se acercaba más que nunca al mundo real y pasaba a especular directamente con el presente inmediato. William GibsonAunque su muerte fue proclamada por sus propios creadores apenas un lustro después de su nacimiento, lo cierto es que el subgénero sigue vivo y que su estética ha impregnado gran parte de la cf actual, que suele incluir, bien la imaginería, bien el estilo oscuro de sus narraciones.
Han pasado 20 años desde la última gran convulsión. Tras la anodina década de los 90, el nuevo siglo reclama un revulsivo para la ciencia ficción literaria, arrinconada por la mediocre imagen que el cine está dando de ella. Siguiendo su trayectoria existencial, es fácil adivinar hacia dónde se encamina. Los primeros cambios contribuyeron a asentar el género y a tratar de darle una identidad, para más tarde dirigir sus pasos, de manera firme, ma non troppo, hacia la búsqueda de paridad con la gran rama central de la literatura, el denominado mainstream. Es lo que en términos darwinianos podríamos llamar la evolución natural de los géneros cuando el objetivo principal es la pervivencia. La cf se ha revelado como un excelente instrumento narrativo para contar cosas distintas, ficciones de trasfondo científico con un alto nivel especulativo, pero nunca hay que olvidar su condición artística, su naturaleza literaria. La buena cf debería perseguir, como toda forma de expresión literaria, el perfeccionamiento en ese campo. Aunque cumple el elemento de amenidad connatural a la novela y al género temático, debería buscar también la calidad y los valores canónicos exigibles a cualquier obra de literatura. Aunque todo ello, por supuesto, sin perder la identidad propia.


Parte I
Parte II
Parte III
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¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía fue publicado originalmente en Jabberwock 1, anuario de ensayo fantástico.

martes, 13 de noviembre de 2007

Revista Hélice nº 6

Fiel a su cita bimestral, acaba de aparecer un nuevo número, concretamente el sexto, de la revista Hélice. La estética retro de la portada, decididamente fancinera, retrotrae a tiempos pasados (sentidos cada vez más lejanos) y sirve de excelente introducción para acometer la lectura del ensayo que lleva por nombre "Ayer y mañana del estudio de la ciencia ficción en España". En él, y tal como el título indica, Julián Díez repasa la pequeña historia de la crítica del género de ciencia ficción en España. Quien, como un servidor, recuerde todo aquello, soltará suspiritos de nostalgia ante los nombres que el texto de Díez recupera para la memoria. Leyéndolo se hace evidente que, no sólo ya por la reciente transformación cuantitativa y cualitativa del género, sino también porque la evolución de ese subgénero de la crítica así lo marca, es obligado seguir dando pasos firmes y decididos hacia delante, con honestidad y sin débitos. Una vez más, Díez demuestra que seguramente es, por conocimiento y claridad de ideas, la única persona en el ámbito crítico de la ciencia ficción española a la que se podría calificar de profesional.
En "Christopher Priest: Amores perros", Alberto Murcia estudia uno de los puntos importantes en la obra del británico. Muy acertado en su contenido, en esa disección que realiza del proceso evolutivo de Priest en tal aspecto, discrepo sin embargo en la consideración de la temática del amor como motor central de su narrativa, una cuestión que como Murcia mismo acaba reconociendo, no ocupa un papel preponderante en sus últimas novelas.
Por último, la sección de crítica recupera obras de Maureen F. McHugh, Robert A. Heinlein, Thomas M. Disch, Terry Pratchett y Cristina Fernández Cubas. Hago hincapié en esta última reseña, escrita por Juan Manuel Santiago, tanto por su contenido como por su construcción. Santiago parece haber encontrado un estilo personal en el que se siente muy a gusto. En este caso, aplica el mismo principio autobiográfico que rige en su conocido blog, Pornografía Emocional, para adornar con éxito la reseña. Una mezcla heterodoxa que, al menos en este caso, funciona.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Tres pájaros de un tiro

Ya celebré, hace poco tiempo, la aparición en las librerías del segundo volumen de Jabberwock, anuario de ensayo fantástico. Por otra parte, en la pasada noche del sábado al domingo se entregaron los premios Ignotus 2007 en la ciudad de Sevilla. Y, para completar este extraño triángulo, en apenas dos semanas la editorial Bibliópolis sacará a la venta la traducción al español de Nova Swing, novela escrita por el siempre genial M. John Harrison. A simple vista, pudiera parecer que estos tres asuntos no guardan relación alguna. No sé si es cierto o no, pero a mí me viene de miedo como excusa para publicar, por primera vez en internet, un ensayo que sirve de enlace entre todos ellos.
"¡Luz, más luz! El estado de la ciencia ficción y la tercera vía" apareció en el nº 1 de Jabberwock, logró ser candidato al premio Ignotus 2006 en la categoría de mejor artículo y, completando la terna, versa sobre las excelencias de Luz, la genial novela de Harrison de la que procede el universo en el que transcurre Nova Swing. ¿Relación muy traída por los pelos? Tal vez, pero recordemos que de eso va la mágica obra del británico, de enlaces invisibles, entreverados bajo realidades siempre al borde de la percepción, universos cuya relación es, muchas veces, subjetiva. Dada la extensión del ensayo, he decidido dividirlo en su orden natural: cuatro capítulos, cuatro entradas. Las iré publicando con dos o tres días de separación entre ellas.
Que ustedes lo disfr..., ooops, perdón.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Charles Sheffield. Proteo

Iván F. Balbuena está rescatando en Memorias de un friki, su siempre interesante blog, algunas reseñas que escribió hace años, en las que valoraba, con una cierta brevedad, las primeras obras de género fantástico con las que se encontraba. Casualmente, ha comenzado por uno de mis autores de ciencia ficción preferidos, el británico Charles Sheffield, y eso me ha venido al pelo para traer hasta "Literatura en los talones" la crítica que hice de uno de sus libros. En la labor de adecentarla un poco, me he encontrado con cierta perplejidad ante un aficionado tipo que, en algunas cosas, no coincide con el de ahora mismo, y en el que veo algunos de los vicios de otros lectores con los que ya no concuerdo. En resumen, que me he dado de bruces con Kaplan antes de ser Kaplan.
Por una parte, no me desagrada. La vida del lector es como la vida propia, un aprendizaje continuo. Todos evolucionamos, ¡y ay de quien no lo hace! Pero no he podido evitar preguntarme, una vez más, qué pasaría si volviera a releer ciertas novelas y relatos que atesoro como mágicos en el recuerdo. ¿Perderían su magia o la reforzarían?



En 1994, el británico Charles Sheffield reunía en un solo volumen dos novelas propias desarrolladas en un mismo universo y lo publicaba bajo el título de Proteus Combined. Ese mismo año, Miquel Barceló decidía, casualmente, hacer lo mismo en su colección Nova, y lanzaba al mercado Proteo, un ómnibus con idéntico contenido. Todo un acierto a mi parecer, tanto por la calidad que atesoran ambas novelas como por la relación directa entre ellas. Y también por alguna cuestión más de la que hablaré más tarde.
Proteo está compuesto por la primera novela de Sheffield, Sight of Proteus, escrita en 1978, y por Proteus Unbound, un reencuentro con el mismo protagonista escrito, con un tono diferente, diez años más tarde. En Sight of Proteus asistimos al avance de la ya desarrollada tecnología de cambio de formas, un proceso que permite a los seres humanos tomar otro aspecto físico dentro de los límites marcados por la ley, la cual trata de impedir cualquier alejamiento excesivo del modelo original mediante el denominado "test de humanidad". Bajo tal premisa, Bey Wolf, uno de los agentes encargados de mantener el orden, iniciará la persecución de una persona excepcional que intenta ir más allá en el uso de la citada tecnología. Todo desembocará en el descubrimiento de una vieja y desconocida especie perdida en el tiempo.
La siguiente novela, Proteus Unbound, regresa, años después, al mismo escenario para presentarnos a un Bey Wolf deambulante por las partes bajas de la ciudad, aquejado de una extraña locura. Una nueva misión, que parece guardar cierta relación con su enfermedad, le llevará a los límites exteriores del Sistema Solar. Una vez allí, tendrá que investigar las extrañas averías descubiertas en los tanques de cambio de formas propiedad de los habitantes humanos. Bey acabará involucrado en una lucha entre distintas facciones que pondrá en peligro la estabilidad de todo el sistema. Ambas novelas resultan abrumadoramente amenas y se leen de tirón, como ocurre casi siempre con las obras de este autor. En ellas, el amante de la ciencia ficción hard encontrará sin duda una plétora de sugestivas ideas científicas, aderezadas con una trama detectivesca que se abre magistralmente a la intriga y con algunos buenos momentos de acción. Ambas novelas coinciden, además de en el escenario, en su caudaloso despliegue de imaginación e irrefrenable amenidad, aunque también cuentan con marcadas diferencias.
Decía al comienzo que hay otros puntos, además de los obvios, que convierten en más interesante si cabe la naturaleza doble de este volumen. El principal es asistir a la primera novela del autor británico y comprobar cómo en 1988, y por tanto con diez años más de experiencia, retorna a aquel universo construido en sus comienzos para observarlo desde una perspectiva totalmente distinta y más veterana. En Sight of Proteus, Sheffield nos muestra el abanico de ideas que luego irá destripando en obras posteriores. Allí se encuentran los asteroides explotables y con hábitat interno de La telaraña entre los mundos; el tiempo lento que daría vida a la que es para mí su mejor obra, Entre los latidos de la noche; el motor utilizado en las Crónicas de McAndrew; y, por supuesto, ese personaje que tanto le gusta y que representa el triunfo de la inteligencia y el individualismo frente a los estamentos humanos, llámese Roger Capman, Darius Regulo o similares. Se trata de una novela cuyo estilo recuerda por momentos al del gran Arthur C. Clarke, y cuya única nota negativa se encuentra en su inconcluso final, tras el que da la impresión de haber podido estirar más la historia, o por lo menos, haberla sellado totalmente. Lo realmente reseñable es que la continuación, escrita una década después, decide coger el testigo desde una perspectiva de aventuras, pero sin olvidar la contundencia de esas maravillosas ideas hard que tan bien sabe desarrollar. Proteus Unbound Charles Sheffieldentra de lleno en la intriga detectivesca que tan buenos resultados le diera a Isaac Asimov en sus tiempos. El referente es importante porque señala una intención global de homenaje, ya que, si recordamos la anterior, vemos que ambas novelas están inspiradas directamente en los dos grandes maestros.
Es un hecho que la pericia de Sheffield está a la altura de su imaginación, y sin embargo, hay sectores muy importantes dentro del mundillo del género que siguen sin tenerle en cuenta. Quizá la razón de ello estribe en que hay lectores que consideran que el exceso de divertimento es incompatible con la trascendencia, que es imposible contar con tanta amenidad algo verdaderamente importante, y que su estilo es más propio de un escritor de best-sellers a lo Crichton que de un autor importante de ciencia-ficción. Lo cierto es que si miramos otros candidatos a lo largo de la historia, sorprende que Charles Sheffield nunca haya estado nominado a un premio Hugo o Nebula en la sección de mejor novela.
Quien se acerque a las páginas de Proteo, pasará un rato divertido e incluso puede que llegue a maravillarse por alguna de las ideas que contiene. Yo, particularmente, espero con ansiedad la publicación en nuestro país de Proteus in the Underworld, la continuación escrita por el autor en 1995 y protagonizada por el inigualable Bey Wolf. En Proteus Unbound, un misterio obsesiona al protagonista: ¿quién es el Hombre Negentrópico? Al personaje le hubiera bastado con enfocar la vista hacia su creador para darse cuenta de que el Hombre Negentrópico, el escritor de ciencia ficción que mejor combate la entropía devoradora de la imaginación, era el propio Charles Sheffield.



Esta reseña fue publicada anteriormente en el Sitio de Ciencia-Ficción y en Bibliópolis, crítica en la red.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Premios Ignotus 2007

Premio Ignotus
Este fin de semana, durante la tradicional cena de la Hispacón, se han entregado los Premios Ignotus 2007. He aquí la lista de los galardonados:



NOVELA: Juglar, de Rafael Marín (Minotauro)

NOVELA CORTA: Gel azul, de Bernardo Fernández (Ediciones Parnaso)

CUENTO: Son de piedra, de Rafael Marín (Artifex, Bibliópolis)

ANTOLOGÍA: Axiomático, de Greg Egan (Grupo AJEC)

LIBRO DE ENSAYO: El universo de la ciencia ficción, de Sergio Gaut vel Hartman (Círculo Latino)

ARTÍCULO: Ciencia ficción, ¿qué es?, de Alfonso Merelo (www.librodenotas.com)

PRODUCCIÓN AUDIOVISUAL: El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro (Tequila Gang)

ILUSTRACIÓN: Portada de Factor Psi, de Alfonso Seijas (Silente)

TEBEO: La legión del espacio, de Alfredo Alamo y Fedde (Sitio de Ciencia Ficción)

OBRA POÉTICA: Poe, de Alfredo Alamo (Vórtice en línea, Ediciones Parnaso)

REVISTA: Vórtice en línea (Ediciones Parnaso)

NOVELA EXTRANJERA: Leyes de mercado, de Richard Morgan (Gigamesh)

CUENTO EXTRANJERO: Aprendiendo a ser yo, de Greg Egan (Axiomático, Grupo AJEC)

SITIO WEB: Sitio de Ciencia-Ficción (www.ciencia-ficcion.com)

viernes, 2 de noviembre de 2007

Página 2

El domingo próximo, a las 20.15, comienza a emitirse en La 2 de TVE el programa Página 2. Como pueden imaginar por el título, se trata de un programa televisivo dedicado al mundo de los libros, que, por una vez, promete no sólo didacticismo, sino también diversión. El programa presenta un formato innovador, que apunta más al magazine informativo que al sesudo estudio crítico. Recemos para que tenga éxito y permanezca en pantalla más tiempo de lo que lo hicieron otros espacios anteriores. En la página web del programa se puede acceder al video promocional.