martes, 10 de noviembre de 2009

William Gibson. Mundo espejo

Dos años hemos tenido que esperar los seguidores de William Gibson a que alguna editorial española se decidiera a volcar a nuestra lengua su última obra, Spook Country. Al final no ha sido Minotauro, su editorial de siempre en castellano, sino Ediciones Urano, dentro de Plata Negra, filial dedicada al noir, la que ha publicado la novela con traducción de Rafael Marín. País de espías -así la han titulado- pertenece, como todas las novelas escritas por Gibson, a una trilogía temática, en este caso anclada en una realidad que va apenas unas décimas de segundo por delante de la nuestra. Esta última serie, que carece aún de nombre y en cuya mitad se sitúa el nuevo volumen, comenzó con Mundo espejo, una gran novela a la que dediqué en su día la reseña que tienen ustedes a continuación, cuyo título es Días del futuro pasado.




Durante el primer lustro de los ochenta, William Gibson previó el futuro. La serie de cuentos del Sprawl, que culminaría en formato largo con la seminal y germinal Neuromante, constituía un adelanto de lo que le esperaba al mundo en un futuro ultra cercano. Tras finalizar aquella visionaria serie de cuentos y novelas, fundadores oficiales del ciberpunk, Gibson inició un viaje temporal en sentido inverso, en dirección a nuestro presente. Mientras la realidad cotidiana avanzaba, la ficción contenida en sus nuevas creaciones literarias retrocedía. Era pues, inevitable, que ambas se encontrasen en esplendente colisión, evento que ha tenido lugar, al fin, en este Pattern Recognition, novela cuyo título ha sido (incorrectamente) reconvertido en su versión española como Mundo espejo.
Aunque podía presuponerse lo contrario, la huida hacia el presente no ha alejado a Gibson de la ciencia ficción. Su capacidad visionaria para encontrar la extrañeza en lo que nos rodea, representada con el poderío estilístico que caracteriza toda su obra, transmite al lector la misma sensación de futuro que en novelas anteriores. Su forma de describir el presente provoca la impresión de que se vive ya en el porvenir. En el presente especular de Gibson, la realidad tecnológica va por delante del hombre, crea nuevas actitudes sociales (como en el Japón moderno, rendido a ese consumismo que predijera Yasuo Tanaka en los ochenta) y propicia formas de pensar modernas edificadas sobre los desechos de las viejas fórmulas (como en la nueva Rusia). Así presenta Gibson a esos países, en los que sitúa a su protagonista Casey (auto homenaje evidente) Pollard, cazadora de tendencias que se gana la vida gracias a un don peculiar: Casey es capaz de reconocer las pautas que anuncian cambios en la moda —de nuevo nos hallamos ante el punto nodal gibsoniano— y distinguir si una nueva idea lanzada al mercado tendrá éxito o no. Como contrapartida, padece una extraña fobia a las marcas, una patología que la conduce a episodios repentinos de pánico ante la visión de populares iconos publicitarios (como, por ejemplo, el orondo muñeco de Michelín).
Casey es, sin duda, uno de los mayores aciertos de la novela. Provoca una formidable respuesta empática en el lector y, a pesar de su disfuncionalidad (o por ella), despierta la simpatía inmediata de todo aquel que haya sufrido el acoso de la publicidad y el marketing actuales (es decir, de cualquier persona). La trama principal se asienta sobre la principal afición de Casey: el denominado metraje, los trozos sueltos de una película anónima que aparecen esporádicamente en distintos sitios de Internet. La obsesión por el metraje ha creado una corriente de seguidores a lo largo de toda la Red, y Casey es contratada por un magnate empresarial para encontrar a los creadores de lo que él considera la campaña de marketing de mayor éxito del nuevo siglo. A través de esa búsqueda, Gibson sitúa al lector en el mundo futurista actual. Lo hace mediante su estilo trabajado, detallista, hábil en la construcción atípica de las frases, inmediato gracias al uso que hace del tiempo narrativo en presente, que junto a la referencia continua a la cultura de marcas entronca con el mejor Brett Easton Ellis, aunque carente de su escabrosidad. Esa referencialidad comercial confiere una pátina de autenticidad necesaria a la trama sin la cual Mundo espejo perdería gran parte de su enfoque realista. En ese mismo afán, se incluyen referencias al 11 de septiembre, que carecen de gratuidad y aportan una sensación de tremendismo sin que, de ese modo, haga falta echar mano de la ficción.
Se trata, sin duda, de la obra más redonda de Gibson desde Neuromante. Sus novelas se han caracterizado generalmente por concederle una mayor importancia a la singladura que al desenlace. Los libros de Gibson se disfrutan por su original estilo literario, por su forma vanguardista de contar y ver nuestra realidad, y por la posibilidad que ofrece de poder circunnavegar, junto a él, parajes tecnológicos extraños y decadentes. Pero en esta ocasión, además, hay una culminación significativa que nos empuja a reflexionar sobre la importancia del arte en nuestra cultura posmoderna y la transformación a la que la han sometido la tecnología actual —con Internet a la cabeza— y la «nueva economía». La novela evalúa la importancia de la Red en nuestras vidas y en cómo está cambiando la cultura mundial, creando nuevas escalas de valores y formas de vida. Gibson se ha acercado esta vez al presente para mostrarnos la transformación de la conciencia social actual.
Mundo espejo ha supuesto todo un éxito para Gibson. Será llevada al cine próximamente, parece que con un presupuesto elevado. La crítica generalista norteamericana la ha cubierto de elogios, sin saber realmente dónde situarla: thriller tecnológico, mainstream vanguardista, obra pynchoniana o No Logo en clave de ficción... Epígrafes para todos los gustos. Lo cierto es que Gibson no es etiquetable y su ficción sigue creciendo. Cabría preguntarse por otro lado, si me permiten una reflexión tan anecdótica, si quienes le negaron a Neuromante la pertenencia a la ciencia ficción por las lagunas informáticas del autor calificarán Mundo espejo como obra hard por su rigurosa descripción de Internet y su funcionamiento.
Volviendo al libro, la editorial Minotauro, que ha editado en exclusiva toda la obra de Gibson en castellano, cambia por primera vez de traductor. Esto no es motivo de queja. Sí lo es el cambio de título, menos apropiado que el original. Pattern Recognition hace referencia a la habilidad de la protagonista, cuya profesión es el consabido reconocimiento de pautas o patrones. El nuevo título proviene de una cita de la novela que sólo se refiere al Reino Unido, donde transcurre un tercio de la acción y que, en opinión de Casey, es una distorsión especular de los EE.UU., y no del mundo, como pretende el texto de contraportada. No está prohibido cambiar un título cuando procede, pero sí es reprochable hacerlo innecesariamente, por criterios comerciales, como viene haciendo Minotauro en los últimos tiempos.


La versión original de esta reseña fue publicada en el nº 41 de la revista Gigamesh.

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