jueves, 30 de septiembre de 2010

El estado actual del cuento de ciencia ficción

Es lugar común que la ciencia ficción se defiende bastante mejor en longitudes cortas. "La realidad es que la cf resulta mucho más adecuada para el cuento que para la novela larga", sentenciaba Kingsley Amis. Pregúntenle a cualquier entendido y éste les dirá que la esencia del género se encuentra en los relatos más que en las novelas. No voy a discutir aquí si eso es cierto o no, pero semejante afirmación deja la puerta abierta a algunas conclusiones que se podrían calificar de controvertidas. La más significativa es, sin duda, la correspondencia que se establece por relación directa entre ciencia ficción y literatura de ideas. Revista Gigamesh nº 27El cuento es o debería ser una novela concentrada. En tan corto espacio no hay tiempo para gastar en caracterización de personajes, sofisticadas tramas o argumentos enrevesados. Si en el relato corto prima algo, es desde luego la idea. Y a la cf se la lleva catalogando como literatura de ideas desde hace décadas, así que, si ha de existir un terreno propicio para ella, éste ha de ser el cuento.
Por supuesto, ahí está la gran literatura para rebatir tales argumentos. Acudan a Chéjov, Hemingway, Faulkner o a cualquiera de los grandes y descúbranse ante las técnicas y maneras de los grandes maestros, ante la forma aparentemente sencilla con la que desmienten eso de que en tan corto espacio poco se puede hacer por conceptos como personajes y trama. Aunque tampoco hace falta que salgan del género. Lean al mejor Bradbury, el de los 50, y traten de dilucidar si en sus cuentos es más importante la forma o el fondo, el estilo o la idea. Pero claro, Bradbury es la excepción. La cf, casi en su totalidad, utiliza el cuento como mero embalaje de sus ideas. Si quieren comprender inmediatamente a lo que me refiero, lean el ultracorto Respuesta, de Fredric Brown, obra maestra y epítome del cuento de ciencia ficción.
Sea como fuere, el cuento ha pasado a la historia de la cf como su vehículo más directo. Es, además, por donde todo escritor joven comienza. Aunque sólo fuera por eso, su importancia quedaría más que justificada. Esa es la razón por la que me apena tanto la actual situación del cuento de cf en España. Lean, por ejemplo, las recientes nominaciones a mejor cuento de los dos principales premios del género que existen en este país.

Premio Xatafi-Cyberdark

• Mejor relato español
"El faro de las islas de Os Baixos", de Juan Jacinto Muñoz Rengel (en De mecánica y alquimia, Salto de Página).
"Lapis philosophorum" de Juan Jacinto Muñoz Rengel (en De mecánica y alquimia, Salto de Página).
"La maldición de los Zweiss" de Juan Jacinto Muñoz Rengel (en De mecánica y alquimia, Salto de Página).

• Mejor relato extranjero
"Un alma embotellada", de Tim Powers (en El reparador de biblias, Gigamesh).
"El camino de bajada", de Tim Powers (en El reparador de biblias, Gigamesh).
"Dondequiera que se oculten", de Tim Powers (en El reparador de biblias, Gigamesh).
"El reparador de biblias", de Tim Powers (en El reparador de biblias, Gigamesh).

Premio Ignotus

• Mejor relato español
"El faro de las islas Os Baixos", por Juan Jacinto Muñoz Rengel (De mecánica y alquimia, Salto de Página)
"Lidia y los hombres feos", por Ramón San Miguel Coca (Visiones 2007)
"Una valla en la eternidad", por Alejandro Carneiro (Artifex 4º Época nº 4-5 - Asoc. Cult. Xatafi)
"Victimas Inocentes", por David Jasso (Sable 7)

• Mejor relato extranjero
"Dondequiera que se oculten", de Tim Powers (El reparador de biblias, Gigamesh)
"El imperio invisible", de John Kessel (Historia Alternativa II, Grupo AJEC)
"El reparador de biblias", de Tim Powers (El reparador de biblias, Gigamesh)
"Un alma embotellada", de Tim Powers (El reparador de biblias, Gigamesh)

Como se puede apreciar, la categoría de relato extranjero está en ambos premios casi copada por un solo autor, Tim Powers. Para colmo, el libro que contiene todos esos cuentos, El reparador de biblias, es una edición no venal, imposible de encontrar. En la categoría de relato español, Juan Jacinto Muñoz Rengel logra, con los cuentos contenidos en De mecánica y alquimia, acaparar todas las candidaturas en uno de los premios y aparecer en el otro. Si estas nominaciones dan una impresión de escasez, es porque la hay. Ahora mismo no hay ninguna publicación de cf en papel en la que un escritor novel pueda foguearse y comenzar a aprender la disciplina de la escritura. Quien quiera ver sus cuentos publicados habrá de intentar colocarlos en alguna revista electrónica o en su propio blog. Cuán diferente del panorama que teníamos hace 10 años.
En el año 2000 salía el último número de BEM a la calle, y sin embargo no había motivo para la preocupación. Se publicaban por entonces Artifex Segunda Época, Framauro y las revistas Solaris y Gigamesh, esta también en su segunda época. Al año siguiente nacería la revista 2001 y luego Galaxia, y la enésima versión española de la afamada Asimov, que a los cuentos procedentes de la revista madre añadía habitualmente uno español. Un escritor podía, con toda normalidad, probar suerte en tres o cuatro publicaciones distintas. Si lo comparamos con la actualidad, la impresión es desoladora. ¿Qué ha pasado? ¿Es culpa de Internet, que ha cambiado el medio? ¿Es quizás por los nuevos caminos que ha tomado la cf, por fin fuera del gueto? ¿No hay relevo generacional? En fin, interesantes preguntas que deberían ser debatidas en la muy próxima HispaCon de Burjassot. Les dejo, recordando tiempos mejores, con algunas reseñas de entonces, tal como las escribí originalmente. Encontrarán en ellas nombres de merecida actualidad.

Artifex 3

La calidad de una antología se suele medir por la calidad individual de los cuentos seleccionados, pero también por el resultado global que puede extraerse del conjunto. Las historias contenidas en este Artifex Segunda Época vol. 3 van desde lo excelente hasta lo inánime, de lo emocionante a lo insustancial, pero respetando una línea temática que, salvo en algunas excepciones que aportan la necesaria variedad al producto, sirve como referente para conocer por dónde van los tiros actualmente en el género de fantasía en España. Y, afortunadamente, se puede constatar que marchan por senderos diametralmente opuestos a las dragonadas y similares que tanto proliferan hoy en día en los trillados campos de ese maltratado género. Las once contribuciones que recoge el tercer volumen de esta antología de literatura fantástica están, además, escritas por autores de diferentes generaciones, lo que se suma significativamente al interés muestral de esta recopilación.
Si hay que buscar defectos, quizá el más llamativo se encuentre en la elección de "Los sirvientes" como presentación de esta antología. La macabra aportación de Ramón Muñoz es una muestra de terror gore que puede llamar a engaño sobre los cuentos que le suceden, más dados a la emoción que a la escabrosidad. Alguno de ellos, incluso, en el extremo opuesto, como el relato de Daniel Mares "Baile de máscaras", que reúne comedia de enredo y realismo mágico en una historia francamente divertida.
Con resultados dispares, dos valores actuales de la ciencia ficción española ofrecen sendos ejercicios de estilo. Mientras que Eduardo Vaquerizo no logra concretar sus pretensiones en "La ciudad cambia cada noche", Rodolfo Martínez desgrana en "El segundo principio de la termodinámica", con música de Joaquín Sabina de fondo, dos historias que en realidad son una sola, logrando un final realmente meritorio. Sin embargo, quien hace una búsqueda más intensa de la belleza estilística es el autor vitoriano José Antonio Cotrina, que en "Soñando Soberbia: el arquitecto" logra dar vida a un relato excelente. Con una prosa recargada, no apta para todos los públicos, pero básica en el resultado final, Cotrina introduce al lector en la mente de un arquitecto que se rebela contra la castración del arte y cuyos sueños, apoyados por el elemento fantástico, acabarán dando lugar a la ciudad ideal.
En el terreno de la ciencia-ficción, el cubano Fabricio González Neira aporta la nota foránea con "La muerte de Mateo Habba", un original relato que desarrolla con estilo borgiano una trama de naturaleza ciberpunk en la que Dios y el ciberespacio comparten protagonismo. En ese mismo género, pero con una longitud mucho mayor, "Si pudieras ver Niágara" se adivina como el pilar central de la colección. Joaquín Revuelta, responsable de esta interesante novela corta que fue finalista del UPC 1999, mueve con soltura a sus personajes en un escenario sumamente atractivo, y lo hace con un estilo exento de barroquismos. La novela, que engancha notablemente, tiene su punto más débil en un final excesivamente místico al que seguramente no habrían venido mal unas cuantas páginas más.
"La llegada", una reflexión intimista de Elia Barceló, y "Más allá de...", una ingeniosa metáfora de estilo poco trabajado de los jovencísimos Sergio Parra y Albert Sans, suponen seguramente los cuentos más flojos de esta antología. Todo lo contrario que "La canica en la palmera", del consagrado Rafael Marín. En un maravilloso ejemplo de cómo hacer literatura de género netamente española, y con un arriesgado estilo narrativo, Marín crea una enternecedora historia de amistad infantil que se sirve del elemento fantástico para recordarnos, además, cuán diferente fue la niñez de nuestros padres de la de nuestros hijos. Un cuento que desde ya se proyecta como firme candidato al premio Ignotus del año próximo.
Sin asignaturas pendientes, este tercer volumen de ASE se muestra muy completo: autores casi noveles, veteranos y extranjeros; fantasía, terror y ciencia-ficción; relatos cortos, una novela e incluso algunos poemas... Si sumamos a todo esto la más que aceptable calidad de los cuentos, hay que concluir que la calificación de esta antología supera con creces el aprobado general.

Artifex 4

Como ya es costumbre, el otoño, además de la consabida gama de marrones y el agradable crujido de las hojas bajo nuestros pasos, vuelve a traernos un nuevo volumen de la antología fantástica española por excelencia. Y como es habitual, esta significativa cuarta entrega vuelve a convertirse en una excelente piedra de toque para conocer el momento actual del mencionado género globalizador en nuestro país.
Los ocho relatos que componen este ASE vol. 4, aportaciones entre cuyos autores encontramos a algunos de los más importantes escritores españoles del fantástico en los últimos años, denotan sin duda una marcada inclinación hacia la fantasía no heroica, como ya sucediera en el anterior volumen, pero esta vez con una insistente preferencia por lo terrorífico.
Rafael Marín abre con un cuento ambientado en la guerra civil española, introduciéndonos en la búsqueda de un perdido cuadro de Goya que arrastra una oscura maldición. "La sed de las panteras" atesora la calidad habitual de los últimos trabajos del gaditano, pero la excesiva decoración documental lastra notoriamente el trasfondo fantástico de la narración, haciendo que éste se pierda al fondo de la clase de historia impartida por el escritor.
Continúa "El retrato de Paula", de Juan Carlos Planells, sin duda el peor relato de todos los aquí contenidos por fondo y por forma, al que sigue una de las dos aportaciones más importantes de la antología, el de Ramón Muñoz. En "Las sombras peregrinas", este amante de lo macabro desarrolla con su estilo siempre eficaz una historia que bien podría encuadrarse en la mitología de la España oscura, fabulando una trama de venganzas y redenciones servida en forma de persecución a través de las serranías andaluzas en pos de un monstruo devorador de niños. Una extraordinaria historia que incita a la lectura continuada, que cierra perfectamente el círculo y a la que no le sobra absolutamente nada.
Haciendo una sorprendente incursión en ese mismo género que tan bien cultiva Muñoz, un audaz José Antonio Cotrina se aleja radicalmente de sus líricas creaciones sobre Soberbia, la mágica ciudad presentada en anteriores volúmenes, y se sumerge de lleno en lo escabroso a través de una truculenta historia que se revuelca en los terrenos más exagerados del cuento de terror. Con el habitual adornamiento, "Tres noches y un crepúsculo" es la apuesta decidida de Cotrina por crear una nueva mitología dentro del horror gore, sirviéndose de unos personajes y una trama no apta para estómagos sensibles. Un satisfactorio ejercicio de un autor que a pesar de sus éxitos recientes (premios UPC y Alberto Magno) aún sigue buscando nuevos caminos.
Antes de ofrecer un respiro, la antología se sumerge en los delirios obsesivos del protagonista de "El efecto Kierkegaard-Pennebaker", un relato claustrofóbico de Carlos F. Castrosín que ofrece algunos misterios y respuestas sólo sugeridas en breves detalles. Efectivo estilo al servicio de una historia repleta de incógnitas que queda aparcada en espera de su conclusión real, y a la que sigue una breve toma de aire que casualmente viene dada por la mano de un prometedor autor novel, Alain Ochoa, quien recrea en "La torre", de manera agradable y efectiva, un mágico cuento de licantropía y amores perdidos.
En el penúltimo cuento, "Cualquier noche puede salir el sol", un ciberpunk espléndidamente ambientado, Manuel Diaz Román no logra concretar sus interesantes propuestas debido a una marcada precipitación que transforma lo que podía haber sido uno de los principales logros del año en un relato con buena nota. Y para cerrar este ASE vol. 4, una memorable elección, ya que la creación de Félix J. Palma remata de manera magnífica, con inteligencia y humor, esta interesante antología. "Morir en tu bañera y otras lamentables casualidades" es uno de esos cuentos que uno no llega a olvidar y que de haber tenido un final más consecuente con el desarrollo -el que tiene ya lo es bastante- podría haber pasado por el mejor del año.
En suma, lo que viene a demostrar esta colección de relatos escritos en y por gente de nuestro país es que contamos con autores solventes a la hora de pasar sus ideas al medio escrito, aunque lleguen escasas veces al difícil logro de la excelencia, y que en cuanto a la apetencia de géneros, el terror y la fantasía son más llamativos (o más fáciles, a saber) para los escritores actuales que la ciencia-ficción. Hay que aceptarlo.

Artifex 5

Nuevo siglo, nuevo milenio, y el Apocalipsis sigue empeñado en hacernos esperar. Quien no ha faltado a su cita es el nuevo volumen de esta popular antología fantástica española. Una nueva entrega de Artifex Segunda Época que presenta nueve aportaciones de temática variada y autorías diversas, además de una introducción en extremo interesante. Lejos de pontificar, los editores se limitan a señalar un asunto que algunos ya teníamos bastante claro: en el mejor momento de la historia del fantástico español, la madre del cordero, la ciencia-ficción, corre el riesgo de quedarse descolgada. La falta de motivación, pericia o vayan ustedes a saber qué está provocando una mixtificación e incluso omisión de un género que, sin embargo, es el de más calado entre los aficionados a la literatura de lo extraño. Víctima de los tiempos del mestizaje y la abulia producida por el exceso tecnológico, la ciencia-ficción comienza a boquear de manera peligrosa, ya sea por falta de imaginación en los países anglófilos o por poca presencia en el nuestro, donde, además, lo poco que hay se adscribe al omnipresente subgénero ciberpunk. Échenle un vistazo si no a las distintas colecciones de cuentos que por aquí solemos reseñar.
Entrando en materia, este volumen esgrime la siempre esquiva bandera de la regularidad. Si bien la calidad individual de los cuentos es ligeramente inferior a la de números anteriores, la valoración media que se puede extraer del conjunto es uniforme, sin grandes altibajos. Las inquietudes estilísticas siguen primando sobre las ideas de fondo, en algunos casos con resultados francamente sobresalientes, como en el borgiano cuento de Lorenzo Luengo "La paradoja de Barthes", un divertimento que homenajea al maestro argentino con habilidad. Al contrario que en "La piel que te hice en el aire", de Rafael Marín, una ñoña tragedia de amor homosexual carente de diálogos en la que de nuevo vuelven a ser más importantes sus conocimientos del decorado, en este caso la "movida" madrileña, que el entramado fantástico que, todo sea dicho, es interesante pero no aparece hasta ya bien pasadas las primeras veinte páginas.
Dos sensaciones contrarias se dan cita en un mismo relato. En "El hombrecillo de la maceta", Alejandro Carneiro logra una de las dos notas más altas de este volumen gracias a las divertidas andanzas de un liliputiense urbano y su atolondrada casera, pero la irritante ausencia continua de cierta preposición logra sacar al lector de sus casillas aún más que el citado enano.
Sendos escritores habituales de esta colección dejan una vez más buen sabor de boca con sus aportaciones. Ramón Muñoz vuelve a demostrar con su habitual eficacia que es un autor de propuestas interesantes, aunque en "Bajando", historia de interrelación entre especies inteligentes, prometa más de lo que finalmente da. Eduardo Vaquerizo presenta en el interesante "Soñando del revés" un ciberpunk camuflado, con el ciberespacio transformado en un entorno onírico de aspecto semejante.
Cuatro cuentos más cierran este número cinco de ASE. El dickiano y satisfactorio "Cuerpos", de Pedro Pablo García May; el quizá demasiado conciso "Ojos aguamarina", de Julio Septién; "La mansión de los umbrales infinitos", un Cube literario de José Carlos Canalda, más interesante en su final que en su comienzo, y "Obra maestra", del jovencísimo Francisco Ontanaya, una versión del Mantis benfordiano trasladada a términos humanos que maneja de manera confusa los tiempos de la narración.
Una antología que, como siempre, acerca al lector a la realidad del fantástico español actual, y que, también como siempre, le deja a la espera del próximo número, allá por la aún lejana estación otoñal.

Framauro 2

Nadie puede poner en duda que el género fantástico patrio vive actualmente uno de los mejores momentos de su historia, si no el mejor. Una de las principales causas de este hecho es, seguramente, la publicación de numerosos fanzines y antologías de cuentos con capacidad para aglutinar tanto a jóvenes autores noveles como a veteranos valores ya consagrados, algo que ha repercutido de manera exponencial en la cantidad y calidad de escritores hispanos. Con lo que ya parece el formato oficial aceptado por toda antología de género fantástico que sale a la calle en nuestro país (o sea, el formato de Artifex Segunda Época), y presentado con una maravillosa ilustración de portada, el segundo volumen de Framauro, compuesto por diez cuentos y un artículo, muestra una notable irregularidad en cuanto a su contenido. Lo bueno alterna con lo muy malo e incluso lo sorprendente, como lo es el hecho de que el propio editor decida sumar un relato propio al conjunto.
Entre lo mejor hay que anotar la aparición de un joven valor, José Mª Bravo Lineros, que en "La huesa" construye con humildad y sin efectismos un relato muy directo sobre un terrorífico descubrimiento realizado por un adolescente dentro de un ambiente semirural. Constituye sin duda la mejor aportación junto a la de Eduardo Vaquerizo, prolífico cuentista habitual del fantástico, quien en esta ocasión recrea en "Agua mineral" una historia plena de sensualidad, de notable atmósfera romanticista, que se transforma en algo insospechado y terrorífico y que sirve de vehículo para que el madrileño muestre su habitual gusto por la búsqueda de extrañas naturalezas ocultas del ser humano. Inexplicablemente, Vaquerizo decide cambiar de protagonista en la última página, lo que estropea en cierta manera (aunque no decisivamente) el cuento. Cosa que también ocurre con el relato de Eugenio Sánchez Arrate. El humor soterrado del que hace gala y la maravillosa ironía final logran que el excesivo parecido de superficie que muestra este "El corazón del ensela" con el famoso "Besos de alacrán" de León Arsenal no resulte finalmente significativo. Divertida historia de pasiones mortales y puntos de vista distintos, constituye además un extraño y magnífico (permítanme hacer proselitismo) oasis de ciencia-ficción en la actual producción de nuestro país, volcada casi en exclusiva hacia la fantasía y el terror.
Armando Boix y Pedro Pablo G. May ofrecen dos historias también interesantes de resultados opuestos. Mientras el primero logra levantar gracias al ocurrente final su "Trampa para almas", el segundo estropea la interesante distopía "On-line" a causa de la cargante utilización de un artificio narrativo nada satisfactorio al final de la historia. Se pueden contar, no obstante, en la zona positiva de la antología, al igual que "Si la memoria sirve", relato de Jack Ketchum en el que pedofilia y satanismo se unen con un macabro resultado.
Los puntos oscuros de este volumen los constituyen las aportaciones de Ángel Torres Quesada, cuyo "El trovador" no pasa de ser un capitulo simplista mal trabajado, Esteban Matesanz, que con un estilo repetitivo recrea en "La casa del bosque" una historia vacía y mal ordenada, y el propio editor, Raúl de la Cruz, quien regala al lector una colección de diálogos con un fondo muy trillado bajo el título de "Creación".
La antología concluye proponiendo al lector una esforzada inmersión en el engrudo estilístico que da vida a las dos aportaciones de Julio Ángel Olivares. "Umbría Goetia de los desamparados", cuento que demuestra la querencia del autor por lo barroco más que por lo gótico, da paso a un artículo espeso hasta la exageración, titulado "Trece puertas al vacío", que oposita con firmeza a instalarse como nueva acepción del término afectación en el DRAE.
En definitiva, este segundo número de Framauro es una significativa muestra del incesante movimiento que el género fantástico (últimamente, fantasía y terror) está produciendo en los últimos años en nuestro país, y de las distintas calidades que lo conforman. La nota final, a pesar de todo, es positiva, y bastará que los editores intensifiquen tanto el trabajo de corrección ortográfica y sintáctica como la exigencia del tamiz de selección para que Framauro se convierta con el tiempo en una antología imprescindible.

Asimov 5

El enésimo intento de publicar en nuestro país Asimov's, la afamada revista norteamericana dirigida por Gardner Dozois, parece que por fin va a ser coronado por el éxito gracias a la más que aceptable edición realizada por ediciones Robel. Junto a los restos de la anterior versión, ofertada en paquetes de a dos con precio reducido, se pueden encontrar ya, en un lugar más lucido de la misma librería, siete números de esta nueva etapa de cadencia mensual y formato al uso, incluido el lomo estilizado. Los responsables de su adaptación al español y colaboradores siguen siendo prácticamente los mismos que en alguna ocasión anterior: históricos como Miquel Barceló, Luis Vigil o Domingo Santos, que esta vez parecen haber dado con personas capaces de llevar a buen puerto una publicación decente que respete al lector, es decir, al que paga, por encima de todo. (Y en estos momentos, pensando en el affaire PulpEdiciones, añadiría también, como condición fundamental, que respete la legalidad.)
El quinto número, con varios meses de travesía ya recorrida, constituye una excelente oportunidad para enjuiciar la calidad de la nueva acometida a un proyecto conducido en tiempos anteriores, con reiteración, al fracaso. Y no sólo para eso, puesto que la lectura de este más que satisfactorio volumen sirve también para dar cuerpo a una serie de reflexiones en torno a la situación actual de la ciencia-ficción en España, en las que entraré más abajo.
Aunque el principal valor de la revista procede de la serie de relatos de diversa extensión, mezcla de los provenientes del original norteamericano y de los seleccionados de entre los más significativos autores de nuestro propio país, también se recogen, además del editorial, otras secciones breves dedicadas al libro, película y DVD del mes, respectivamente. Las habituales páginas dedicadas al correo de los lectores y un artículo fijo mensual escrito por Robert Silverberg (Reflections, al igual que otras muchas secciones de la revista madre, colgado gratis aunque en inglés en la página oficial de Asimov's en Internet) completan el corpus habitual de la revista, que en este quinto número cuenta con dos novelas cortas y cuatro cuentos.
"Tierra de residuos" fue publicado tras la muerte de Charles Sheffield, hace poco más de un año. Se trata de una novela corta (aunque esto de las longitudes siempre es discutible) de tono detectivesco e indiscutiblemente asimoviana, entretenida pero fácilmente olvidable, que no llega a la altura que suelen ofrecer las novelas de quien fue un maestro en el hard accesible, siempre divertido e inteligente.
"El pregonero" es otra novela corta que propone, al igual que la anterior, una historia de investigaciones y criminales. Aunque John Varley crea un argumento más oscuro y descarnado, y un final con ciertos toques de ingenio, el resultado global no supera el listón de lo destacable.
"Apto para el Oriente", de Karen Traviss, sirve para evidenciar un aspecto de las envidiadas revistas de cf norteamericanas que raras veces se ha tenido aquí en cuenta a la hora de realizar comparaciones. Y es que sus famosísimas publicaciones también rebosan de relatos de dudosa calidad, pobres en ideas y conceptos literarios, que, de haber sido escritos por un escritor autóctono, difícilmente habrían visto la publicación en nuestro país. Debido al gran número de publicaciones actuales, comenzamos a ver las narraciones que alimentan a las grandes del otro lado del océano, y algunas provocan incluso perplejidad. Como en este caso, en que sorprende la elección hecha teniendo posibilidades mucho mejores que esta trasposición de un western de inocencia empalagosa que, además, incluye mensaje. Colonos humanos pérfidos e indígenas incomprensibles, pero humanamente bondadosos, en las praderas del nuevo mundo. O lo que es lo mismo: por favor, salven a los indios.
El relato de Stephen Baxter "Territorio de cría" se inscribe en su serie del universo Xeelee (pronuncien bien, por favor). Es un excelente cuento hard de universo interior en el que, como curiosidad, el artefacto a recorrer está vivo. Pero sin duda el mayor atractivo reside en esa humanidad futura que describe por medio de un puñado de refugiados, una humanidad expansionista que ha asumido su rol con todas las consecuencias. Aunque varios de los cuentos incluidos en la serie han sido publicados por diferentes revistas españolas, las distintas editoriales siguen sin animarse a traernos ninguno de los cinco libros (cuatro novelas y una colección de cuentos) que la componen y en los que se desarrolla, desde un punto de vista hard, la historia de la humanidad hasta el fin del universo, un lapso de tiempo de gran atractivo para cualquier lector del género.
"16 de junio en Anna's", de Kristine Kathryn Rusch, es sin duda la sorpresa de este volumen, una de esas pequeñas joyas que se suelen encontrar inesperadamente. En pocas páginas, toca tangencialmente la tragedia del 11S y demuestra en una emotiva historia la verdad universal de que el pasado es imposible de recuperar, y que la tecnología no puede aportar más que sucedáneos a la realidad; en definitiva, que no hay curas artificiales para las enfermedades del alma.
Por último, la aportación española en este número es responsabilidad de José Antonio Cotrina, quien en "La niña muerta" vuelve a deslumbrar con su habitual riqueza estilística, plena de metáforas y elegantes adjetivos. Quizá en esta ocasión Cotrina no acierta con el tempo de la narración, que cerca de su ecuador pide un desarrollo final de mayor premura que el concedido por el vitoriano, pero es innegable una vez más que en sus manos reside actualmente una de las mayores capacidades literarias de nuestro género. Claro que la pregunta es, ¿de qué género?
Como adelantaba al principio de esta crítica, este número de Asimov se presta a otras consideraciones, que vienen dadas precisamente por la inclusión de este último cuento en la revista. Sin duda, el loable afán de presentar a sus lectores los mejores relatos de la producción española es lo que ha movido a sus responsables a publicarlo, ya que se trata del último premio Domingo Santos. El problema es que "La niña muerta" no es ciencia-ficción, y eso es ciertamente chocante en una revista que se declara, a diferencia del resto, exclusiva de ese género. En realidad, no es más que otro síntoma de la realidad literaria española que se viene arrastrando desde hace años. No nos cansamos, unos y otros, de repetir que este es el mejor momento de la ciencia-ficción en nuestro país, algo que si bien es innegable en cuanto a la edición de obras extranjeras, es al menos discutible si nos referimos a la producción propia, centrada especialmente en una suerte de fantástico patrio que ha ido adquiriendo variados matices en manos de los nuevos (y no tan nuevos) valores.
Tal es la escasez que incluso los principales antologistas han llegado a reunir bajo el epígrafe de ciencia-ficción relatos pertenecientes a esa desviación castiza de la fantasía bautizada como "cachava y boina" (¿no sería más pertinente, por cierto, llamarla "cayado y boina"?). En resumen, que el gran momento actual se sustenta más en la fantasía que en la ciencia-ficción, una realidad que debería obligarnos a los que amamos especialmente a esta última a seguir apoyándola y promoviéndola con todas nuestras fuerzas. Por ejemplo, comprando una buena revista como Asimov.


Todas las reseñas anteriores aparecieron publicadas originalmente en Bibliópolis, crítica en la red.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Pellizcos

Todo lo cual confirma, una vez más, la vieja sospecha: España no tiene otro problema que nosotros, los españoles.

-Arturo Pérez Reverte-


jueves, 23 de septiembre de 2010

Los meses perdidos (y II)

En lo que he tardado en escribir esta segunda parte de Los meses perdidos se han debido de extraviar otros cuantos más. Sólo mi obsesión por el orden y la simetría que constituye el acabar lo que se empieza han obrado el milagro por el cual aparece aquí esta conclusión, con un año y medio de retraso. Intentaré reconstruir aquello que el olvido no me haya robado.



Martin Amis. Perro callejero

Xan Meo es un hombre de talentos y secretos. Actor, músico, escritor, y también hijo de un célebre delincuente. Es verano, Xan se sienta a tomar una copa en la terraza del pub cuando dos hombres le parten la cabeza a cachiporrazos. Se salvará, pero será otro. Deberá acostumbrarse a su nuevo ser, y también deberán acostumbrarse todos los que le rodean...

Ataqué con cierta ilusión esta novela. Admiro al Amis ensayista (les propongo que lean, por ejemplo, La guerra contra el cliché, que contiene suculentos artículos, algunos de ellos sobre escritores como Ballard, Vonnegut o Kafka), y su anterior novela, Tren nocturno, me había gustado bastante. Tenía también lejanos pero gratos recuerdos de La flecha del tiempo, leída hace muchos años. Perro callejero, desgraciadamente, no llega a la calidad de aquellos. De hecho, parece un Amis excesivo, más dado que nunca a la dispersión, sin capacidad de enganche. La mezcla de tramas tarda demasiado en engarzar y la estructura es demasiado exigente. El rollete monárquico me aburrió sobremanera. O sea, un libro (y un dinero) que me podía haber ahorrado.



Hector García. Un geek en Japón

Japón, ese maravilloso país. Mi amor por él es cosa más bien reciente, del último lustro. Su comida y su cultura, el exotismo de sus costumbres, me han ganado. Le comentaba hace unos días a un amigo que Japón es, seguramente, lo más cercano que hay a una colonia extraplanetaria, una conjunción de ciudad ciberpunk y tradición milenaria en una misma localización al otro lado del mundo.
Kirai es el nombre del blog creado por el español Héctor García. Residente en Japón, ha ido vertiendo en él todo hecho de interés con el que se topaba en el país del sol naciente. Este libro incluye gran parte de los textos recogidos en el blog más una serie de apuntes inéditos e igual de llamativos. El libro cuenta con un diseño interior muy atractivo. Repleto de fotografías y cuadros explicativos, es un must read para todo aquel que, como yo, pretenda viajar algún día a Japón. Con un estilo muy ameno, el autor presenta y desentraña los distintos aspectos de la cultura y la sociedad niponas en su doble vertiente. El Japón futurista y el tradicional; el idioma, las costumbres y la gastronomía se funden en este libro para dar una visión fascinante de un país único e inimitable.


Richard Dawkins. El espejismo de Dios

Este tipo de libros suele ser, aparentemente, inútil. Los tratados de apología ateísta no convencen al crédulo ni aportan nada nuevo al escéptico. Desde un punto de vista más extremo, el creyente no va a molestarse en leer semejante obra, y el laicista no va a sacar de ella, tras leer ciertos casos, mas que pura indignación. Sin embargo, sí es útil como recordatorio del estado de las cosas, y quizás pueda ayudar al adulto que aún guarde dudas religiosas y a todo joven que esté en el proceso de hacerse preguntas y plantearse qué es esto de la religión.
El autor de El gen egoísta se ha convertido en los últimos años, por su condición de adalid del ateísmo, en un azote constante para la Iglesia y, particularmente, el Papa. En este libro desmonta paso a paso los dogmas del catolicismo y expone toda suerte de casos en los que el abuso social por parte de la religión y el derecho a veto del que se benefician sus instancias es notorio. Dawkins se muestra convincente en su exposición de por qué la religión es innecesaria, y coloca al otro lado de la balanza, por supuesto, a la ciencia.
Aun no estando de acuerdo en algún punto, por ejemplo el concerniente a algunos asuntos del agnosticismo, no dejo de reconocer el atractivo de este libro para todos aquellos a los que les guste hacer bandera de su ateísmo. Disfrutarán con El espejismo de Dios, pues no es otra cosa que un acto de reafirmación. Si prefieren un primer encuentro más cómodo, pueden disfrutarlo antes en versión audiovisual.


Thomas Thiemeyer. Reptilia

Thomas Thiemeyer es uno de los autores de ciencia ficción más laureados de Alemania. Ha conseguido nada menos que 5 premios Kurd Laßwitz, aunque hay que aclarar que todos ellos los ha obtenido por su trabajo como ilustrador. Si van a su página web podrán echarle un vistazo a algunas de sus maravillosas obras gráficas. Thiemeyer también es escritor, y si es cierto que las ventas le van muy bien (sus libros son auténticos best-sellers) no se puede decir lo mismo de su calidad literaria. Al menos la que demuestra en este Reptilia.
La historia parece extraída de un telefilme de sobremesa, con dinosaurios y actores de esos que pululan por series de bajo presupuesto. No falta en Reptilia ningún elemento característico de este tipo de novelas: la jungla, los cazadores y un monstruo marino carnívoro que al final resulta ser algo más. Personajes arquetípicos y un poco de sangre como aderezo de la dieta del bicho completan el cliché. O sea, ciencia ficción ligera, muy ligera. Mi afición por las novelas con monstruo me juega a veces malas pasadas.


Philip Roth. El animal moribundo

David Kepesh, a sus ochenta años, confiesa a un personaje desconocido una de sus últimas experiencias sentimentales: la que mantuvo con Consuelo Castillo, una joven cubana, casi cincuenta años más joven que él. Desde que la revolución de los sesenta lo liberó de sus ataduras familiares, Kepesh, profesor universitario, famoso periodista, un hombre seductor, inteligente y culto, ha vivido al margen de cualquier compromiso. Y tiene una rica fuente para sus conquistas dentro de sus propias clases. A las puertas de la vejez, la vitalidad y la hermosura de Consuelo enfrentarán al protagonista con el significado de su vida.

Confieso que fue la proximidad de la película de Isabel Coixet lo que me hizo rescatar de las profundidades de la pila está sensacional novela (y van...) de Philip Roth. Lo más increíble de Roth sigue siendo su capacidad para mantener el ritmo literario a pesar de la zigzagueante construcción de sus tramas. La naturalidad con la que la digresión se imbrica en la trama principal es el mayor rasgo distintivo de Roth, su sello de marca narrativo. Aunque quizás el rasgo idiosincrásico de su literatura más admirado sea su magno dominio de los personajes, de la vida interior de estos.
Kepesh, alter ego de Roth, presente también en otras novelas del escritor, es un hombre que siempre ha huído de toda responsabilidad. Huyó de su matrimonio y de su hijo, en el que ahora ve reflejado lo que él nunca fue. Su encuentro con la joven Consuelo trae a su vida algo inesperado, una última oportunidad de encontrar, sin que él se percate, una atadura amorosa. Entre el protagonista y su conciencia, Roth interpone a un anónimo personaje, un amigo al que confesar pecados y pedir consejos. El último que sale de su boca, contra la intención de Kepesh de ir a ver a una enferma Consuelo al hospital, clarifica los verdaderos sentimientos del protagonista: "si vas a verla estás perdido".
El sexo y la vejez, el remordimiento y la redención, la vida en palabras; un Roth superlativo, como siempre.


Dan Harrington. Harrington on Cash Games I & II

Y aquí tienen, finalmente, una muestra de los auténticos culpables de la sequía.



Sí, otra de mis grandes aficiones es el póquer, específicamente en su modalidad Texas Hold'em, ese que algunos podrán haber visto en la tele, puesto que se está haciendo muy popular últimamente. De todos los libros que he estado leyendo, desde el Super System de Doyle Brunson hasta el Theory of Poker de David Sklansky, pasando por diversos manuales de Sit&Go, el que sin duda más me ha ayudado ha sido este Carrington on Cash Games, escrito por el magnífico Dan Harrington.
Aunque tienen menos nombre que sus libros dedicados a la modalidad de torneo, estos dos volúmenes dedicados al juego de cash (dinero directo) siguen los preceptos marcados por los anteriores, son más didácticos si cabe y son ahora mismo los únicos libros decentes que se pueden encontrar sobre la modalidad. Todo el mundo sabe que este juego se ha hecho popular por los torneos, pero es el cash lo que permite vivir del póquer a los profesionales. En un torneo sólo puedes perder el buy-in o coste de la entrada, pero en cash se puede perder hasta la camisa.
A Harrington se le conoce por el sobrenombre de "Action Dan", una ironía que responde a su manera de jugar y al método conservador que se muestra en sus libros. En tiempos en los que se lleva el juego agresivo a la escandinava, el póquer estratégico y seguro de Harrington parece haber quedado un tanto desfasado. Y sin embargo, ahí está el propio autor, campeón de las WSOP y presente en la mesa final de éste y otros muchos torneos. Lo cierto es que a nivel personal puedo hablar de un antes y un después de la lectura de este libro; de tener pérdidas a ganancias.


Además de los libros comentados arriba, hubo un par de novelas más: Chesil Beach de Ian McEwan y Nova Swing de M. John Harrison, de las cuáles espero poder hacer en breve un comentario más sustancioso, más amplio, porque así lo merecen. En definitiva, todos estos fueron los pocos libros que me acompañaron en esa serie de meses en los que no hubo entrada alguna en el blog. He tardado tanto que luego se han vuelto a producir periodos de ausencia. Pero no se preocupen, que en esta ocasión no les daré la murga con lo que leí durante ellos. No soy tan perverso.

viernes, 17 de septiembre de 2010

La búsqueda

Uno de los grandes aciertos que tuvo Carlos Ruíz Zafón al escribir La sombra del viento fue el de comenzar la novela exactamente como lo hizo. La visita al cementerio de los libros olvidados posee un atractivo inequívoco para todos los que amamos la literatura y su soporte físico, para los que en uno u otro momento de nuestras vidas, o incluso de manera asidua, hemos buscado por las calles de nuestra ciudad y de otras ajenas la librería oculta, guardesa de preciados tesoros durmientes al fondo de una estantería avejentada por los años. Qué lector no lo ha hecho alguna vez, quién ha podido eludir el romanticismo que esencia tal idea.
Los lectores empedernidos no sólo adoramos el contenido de los libros, sino que amamos también toda su periferia. Las librerías, las bibliotecas, los anaqueles, el aspecto mismo de los libros reclaman toda nuestra atención, a veces hasta la obsesión. Somos como niños encaprichados con sus primeros juguetes. Las imágenes de librerías exóticas nos dejan con la boca abierta. Es, quizás, un reflejo límbico, infantil, el que se despierta en el momento irrepetible en el que se encuentra un libro buscado durante años y que ya se creía perdido para siempre.
Todo esto viene a cuento de una historia que compartí hace unas tardes, mientras un viejo amigo y yo apurábamos las penúltimas cervezas del verano. Sentados en una terraza de bar, escondida de ruidos y miradas, hablábamos sobre la muerte del libro de papel a manos del libro electrónico, sobre qué cosas se ganarían y cuáles se perderían. Déjenme que les narre la historia ahora a ustedes, porque esta es una de esas cosas que morirán con la llegada del libro electrónico:



"Al igual que le ha ocurrido y ocurrirá a muchos otros, hubo una época de mi vida en la que el dinero me faltaba tanto como pueda faltar el calor en una cerrada noche de invierno. Había ido dejando de lado muchas cosas, con más resignación que pena, y llegó un tiempo en el que, debido a su elevado precio, tuve que dejar también de comprar libros. Dado que me era imposible abandonar la lectura, tan obligada para mí como cualquier necesidad fisiológica, recurrir a la biblioteca de mi barrio me pareció lo más lógico.
Adquirí el hábito de visitarla una vez por semana y fui anotando en un papel uno por uno, por si mi memoria fuera insuficiente, los volúmenes que me iba llevando y que, con cadencia semanal, iba leyendo en mi casa. Con el paso de los meses, la lista acabó dando cobijo a un número de libros que por entonces yo consideraba elevado. Recuerdo perfectamente esa cifra final: veintiocho. Veintiocho libros que se convirtieron en el único apoyo que tuve durante meses, el único solaz en aquella época de crisis personal. Les ahorraré detalles escabrosos; quien haya pasado por momentos tan malos ya sabrá que las meras palabras no son suficientes para hacerlos comprensibles. No me detendré, pues, en ellos.
El tiempo pasó, las estaciones cambiaron, y mi situación personal y económica, para fortuna mía, también. En los años subsiguientes me dediqué a buscar, rebuscar y adquirir cuando los encontraba todos aquellos libros que, de extraña manera, se habían convertido en la música de fondo de la etapa más oscura de mi vida. Aquella lista de libros contenía lo único salvable de una época que, a pesar de lo que supuso, me resistía a olvidar. Había sido un tiempo de sufrimiento, sí, pero tal vez por ello lo consideraba más propio, más mío que muchos otros momentos más felices.
Disfruté realmente intentando completar aquella lista. Poco a poco fui encontrando y reuniendo volumen tras volumen, algunos con más facilidad que otros, y con mayor o menor esfuerzo económico. Recorrí muchas librerías, tanto "de viejo" como de novedades. El dinero ya no era tan importante (sólo lo es cuando escasea), y el valor que los libros habían tenido para mí entonces justificaba sobradamente lo que pudieran costarme de más ahora. Entre recuperaciones y reediciones llegué a reunir la casi totalidad de ellos, hasta el punto de faltarme sólo tres por encontrar, todos de la misma editorial, de la misma colección.
La Tierra dio unos cuantos giros más alrededor del Sol y yo logré establecerme definitivamente. Mi vida cambió mucho, pero siempre supe que los libros estarían esperándome en algún lugar, en el sitio más insospechado. Finalmente, hace un par de años, se produjo el que creía que sería el acto final. Me llegaron noticias de que la editorial Júcar, la responsable de haber publicado aquellos libros que me faltaban, saldaba toda la colección al irrisorio precio de 2 euros por libro. Tras la incredulidad llegó la satisfacción. Dado que se trataba de una empresa afincada en Barcelona, sólo allí iban a ponerse a la venta. El siguiente paso fue pedirle a un amigo madrileño residente desde hacía un tiempo en Barcelona que, en su próximo viaje a Madrid, hiciera el favor de traerme los tres títulos que me faltaban de la lista. Añadí al pedido otros siete libros más de la colección. No los había leído y me interesaban. El día que fui a recibirle traía 7 volúmenes en la mochila. Algunos se habían agotado antes de que él pudiera conseguirlos; sólo uno de los que faltaban pertenecía a mi lista.



Habían pasado 10 años y mi objetivo no podía considerarse cumplido. No hasta que me hiciera con el único libro que me faltaba. Me lo debía a mí mismo, a mi yo remoto, a aquel chico que las pasó tan mal. La razón iba más allá del completismo, de un capricho o de mi obcecación; venía de algún lugar profundo. Tenía la impresión de que, sin ese libro, mi memoria de esos meses no estaría completa, siempre me faltaría una semana de mi vida. Algunos meses después, recibí la noticia de que el saldo de Júcar sería puesto a la venta durante la celebración de la Semana Negra de Gijón. Llevaba tiempo sopesando la posibilidad de asistir, y la oportunidad de cerrar la lista venía a darme el empujón decisivo. Iría y completaría mi memoria.
Una vez más, sin embargo, el destino, o como prefieran llamarlo, decidió entrometerse. El padre de mi pareja falleció (el maldito tabaco), y tuvimos que cancelar nuestro viaje a Asturias. No sólo no podría ir, sino que además estaría aún más lejos, ya que el entierro era en Málaga, al otro extremo de España. Por supuesto, la desesperanza por conseguir completar mi memoria no era nada en comparación con la atmósfera familiar. Fueron días tristes debido a la significativa pérdida humana y al ambiente reinante. El efecto colateral que el inesperado cambio de planes había tenido ni siquiera estuvo presente en mi cabeza. Hasta unos días después, cuando ocurrió el milagro.
Una tarde decidimos dar un largo paseo, tomar el aire. Nos acercamos en coche a Torremolinos, ciudad que yo, a pesar de su fama turística, no había pisado nunca. Recorrimos el paseo marítimo a media tarde, entre el olor de los espetos, la gente y los chiringuitos. El Sol comenzaba a deslizarse lentamente hacia el interior, desde unas amenazadoras nubes grises hacia los lejanos tejados. Caminando por la playa del Bajondillo llegamos al pie de una escalinata que mi pareja quería enseñarme, un punto pintoresco del recorrido. Entre el hotel Meliá y un grupo de casas típicas de la zona, la serpenteante escalera se empinaba hacia la parte más comercial de la ciudad. En cada recodo, puestos de venta y manteros ofrecían todo tipo de bisutería y productos típicos.
El silencio apenado de mi pareja nos privaba del diálogo, pero a la vez me permitía ensimismarme en la contemplación de los adornos, los coloridos pañuelos y las distintas imitaciones dispuestas en los diversos tenderetes. Me detuve para comprar unos pendientes, pensando que así, quizás, lograría levantar ligeramente su ánimo. Por supuesto, no tuvo mucho efecto; la muerte de un padre no es algo que un regalo, sea éste barato o caro, pueda hacer olvidar.
Llegamos por fin al final de la escalinata, y dimos a una zona comercial de esas que proliferan en las ciudades turísticas, con callejones estrechos y carteles fluorescentes en blanco y amarillo colgando encima de los escaparates, repletos estos de los más diversos artículos. Decidimos salir de allí y buscar una terraza en la que sentarnos a tomar un refrigerio. Y en eso estábamos cuando, al girar la cabeza, vi la tienda.



"¿Te importa que entremos?", le pregunté a ella. Su semblante traslucía una serena tristeza. "Claro", respondió encogiendo los hombros. Lo mío era una pregunta retórica; a pesar de su estado de ánimo, ella nunca me lo habría negado. La librería estaba en la primera planta. Se accedía a ella desde la calle por una escalera transparente tras cuyos peldaños se podían vislumbrar pilas de libros viejos. La fachada estaba decorada con carteles que anunciaban libros de segunda mano en varios idiomas. Una vez arriba, identifiqué inmediatamente el característico olor del papel viejo. Aunque no era una tienda muy grande, sí disponía de gran cantidad de volúmenes, con un anaquel central rodeado por un círculo de apretadas estanterías. También había libros amontonados por todo el suelo.
Los estantes estaban identificados con etiquetas que indicaban el género literario al que pertenecían los diversos libros. Hice un breve recorrido ocular por toda la tienda y me fui en primer lugar, como siempre hago, al sector dedicado a la ciencia ficción. No estaba mal surtido. Había bastantes ejemplares interesantes y difíciles de encontrar, e incluso gran parte de los libros de la colección Orbis y del saldo de Júcar. Pero mi libro no estaba allí. Naturalmente, hubiera sido mucho pedir. Seguimos echando una ojeada al resto de la tienda y, al cabo, nos encaminamos hacia la salida. Y fue entonces cuando ocurrió.
Mis ojos se dirigieron como de pasada a la sección que contenía los libros de religión y filosofía. Reconocí al instante el lomo en blanco y negro. Me acerqué inmediatamente y un sentimiento de estupefacción se apoderó de mí. Allí, al lado de La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset, mi libro me lanzaba una sonrisa. Mi libro, La fragua de Dios, escrito por Greg Bear, un libro que, sin ser una obra maestra, narraba la destrucción de la Tierra como jamás la había visto reflejada. Una destrucción que, ahora lo sabía, había identificado inconscientemente con la propia. De no haberme encontrado inmerso en tan luctuosa semana, habría dado botes de entusiasmo como un loco. Mi pasado se había cerrado.
Y eso es todo. No centren su atención en la calidad del libro, por favor. Seguramente me parece mejor de lo que es debido a cuestiones personales, las que les he contado. No, no es por el libro, sino por las circunstancias tan especiales que rodearon su obtención. Estuvo eludiendo mi búsqueda durante años, y al final lo encontré sin pretenderlo en una pequeña tienda perdida en un centro turístico de una ciudad marítima que jamás había pisado. Para un devoto de los libros, es algo que ya no se olvida. Si quieren una coda de despedida, añádanle esto a la historia. Buscando datos en Internet sobre la librería con los que documentar esta pequeña historia, sólo he podido encontrar la foto que tienen ustedes más arriba. Eso y la información de que la librería, tras más de 35 años desde su inauguración, fue cerrada y trasladada a otro sitio. Me gustaría pensar que justo después de que encontrara yo mi libro."


Bien, esa es la historia. No sabemos si el formato electrónico será a la larga mejor o peor, lo que sí sabemos es que ya está aquí, y que va a ser, irrevocablemente, el sucesor (in)natural del papel. Todos conocemos las ventajas. Entre los inconvenientes, quizás lo único cierto es que la literatura perderá parte de su poesía, la que añade el soporte. Ya no se recorrerán con los dedos las bibliotecas propias en las tristes tardes de domingo, no se sentirá esa expectación particular que se tiene al visitar una librería y hojear las novedades, ni tampoco se podrá quedar con los visitantes para recorrer librerías de viejo. Ya no serán posibles, tampoco, historias como esta que les he contado.


viernes, 10 de septiembre de 2010

Opuestos

Una de las conferencias más interesantes a las que acudí en la pasada Semana Negra de Gijón trataba de las diferencias entre la ciencia ficción y la fantasía como géneros literarios. Juan Miguel Aguilera, Elia Barceló, Susana Vallejo y Sergi Viciana departieron sobre los porqués de la actual situación de ambos géneros, de la diferencia de ventas entre los libros de uno y otro y su posible éxito o fracaso. Fue muy interesante. Aguilera, como correspondía, se mostró como un aguerrido defensor de la ciencia ficción, y dejó una pregunta en el aire que no fue respondida. Vino a decir que, mientras que la ciencia ficción es pródiga en cuanto a la importancia y profundidad de los dilemas morales y sociales a tratar, la fantasía es un simple ejercicio de escapismo. Pidió con sana vehemencia que alguien le citara algún título importante de fantasía (que no fuera El señor de los anillos, la proverbial excepción) que tratara los grandes temas humanos y sociales de forma profunda. Sospechosamente, su requerimiento no fue satisfecho, ni desde la propia mesa ni desde el graderío.
¿Tiene razón Aguilera? Sé que no debería, porque innúmeras veces he confesado mis prejuicios contra la literatura de fantasía, pero me van a permitir que les dé mi opinión, que no es sino esta: aunque parten del mismo tronco, el género de fantasía y el de ciencia ficción no son sólo distintos, sino más bien contrapuestos. Como definición valdría decir que la cf se encarga de, permítanme una vez más la licencia, "fantasear" con las posibles aplicaciones e implicaciones de la ciencia, utilizandola a veces en la trama, a veces en el escenario, o incluso en ambos. En base a esto, cualquier mente despierta podría colegir que la cf es, entonces, una forma o rama de la fantasía, pero no debemos dejarnos engañar por apariencias nominales. Si hacemos caso al Diccionario de la Real Academia, fantasear es, entre otras cosas, dejar correr la imaginación, e incluso imaginar algo fantástico. Y si buscamos los significados de fantástico, veremos que en su primera acepción la palabra denomina a todo aquello que es quimérico, que no tiene realidad y que, de nuevo, consiste sólo en la imaginación. Exacto, la imaginación.
Refiriéndome a las intenciones de la cf, he empleado la palabra "fantasear", sí, y sin embargo existe un elemento que opone la fantasía científica o cientifista al género de la fantasía: la búsqueda de la verosimilitud. Fantasear, pero siguiendo ciertas normas coherentes con la realidad. Ese es el punto principal en el cual ambos géneros se separan hasta convertirse en realidades distintas. Ambas son ficciones, fantasías, productos derivados de la imaginación, pero, mientras que la fantasía no conoce límites -porque no le importan en absoluto- la cf juega a estirar la realidad tratando de no salirse de ella. La cf es la imaginación aplicada a la razón. Trata de distorsionar el hecho científico, de sacarle todo el jugo, pero sin romperlo. En la fantasía todo vale; en la cf, no.
Un brujo puede trasladarse en el tiempo con un simple conjuro; un científico necesitará de una máquina del tiempo, basada en principios científicos, para hacerlo. La magia no existe; la tecnología sí. Es ese elemento realista dentro de la ficción lo que marca definitivamente el género de cf, lo que agarra por las tripas a sus lectores. Pero, ¿se trata simplemente de la diferencia entre "podría ocurrir" y "no podría suceder"? Si miramos algunas de las obras clásicas de la cf nos veremos impelidos a afirmar que la respuesta a esa pregunta es "no". Por ejemplo, muchas de las fechas aparecidas en esas obras ya quedaron atrás, y sin embargo siguen siendo válidas. Bueno, a nadie se le escapa que tanto cuando leemos un libro escrito en el pasado como cuando vemos una película de hace décadas, el punto de vista del lector-espectador cambia y se amolda a la situación, porque por muy poderosa que sea la obra, siempre sabemos que en el fondo estamos haciendo un ejercicio de abstracción, y que como juego que es, hemos de jugarlo según las normas. La mente hace la identificación posible. Es lo que se llama pacto de ficción, ese acuerdo que ha de buscar toda narración para ser creíble.
Pero vayamos concretando. La fantasía y la ciencia ficción imaginan una realidad que hoy día no existe, pero los puntos de partida sobre los que aplican esa imaginación, de los que proceden cada uno, son opuestos. Es crucial entender correctamente este punto, porque, si bien los dos géneros siguen muchas veces los mismos caminos para explotar sus ficciones, y cierto tipo de space opera puede ser estéticamente indistinguible de una fantasía medieval, uno de ellos procura estirar la realidad y el otro romperla. Es decir, la cf busca incorporar la realidad a su corpus; la fantasía, no. Y he aquí el punto crítico. Mientras que la fantasía no se somete a la realidad, la cf elige la realidad como juez y parte del pacto de ficción, es decir, le da el papel más importante. En la cf, la realidad marca los límites de lo posible, provocando los mil y un trucos para eludirla sin quebranto que conforman sus narraciones. El género de fantasía se refocila en esa ruptura de la realidad. Fantasía heróica, fantasía medieval, fantasía feérica; hadas, dragones, hechiceros, magia... En sus distintos subgéneros se muestran mil y una faltas de coherencia con lo que en este mundo tenemos asumido como real. La fantasía vive en lo no probado, en lo inexistente, en aquello cuya base es la creencia. ¿Ven a dónde voy? ¿Sí? La diferencia entre la fantasía y la cf procede del mismo sitio que la existente entre la religión y la ciencia. Y por tanto, como aquellas, no pueden ser más distintas.
Para acabar, hay otra cuestión importante. Ese afán por la verosimilitud, por la plausibilidad, convierte a la cf, además, en un medio especulativo de primer orden. Es uno de los grandes valores del género. Además de entretener, es capaz, por su propia idiosincrasia, de ofrecer posibles respuestas a lo que nos espera a todos en el futuro. E incluso a lo que estamos viviendo en el presente. Dado que el escritor respeta la realidad, muchas veces su obra acaba siendo una alegoría de nuestro momento actual, no una fantasía ajena a nuestro mundo. La cf divierte de forma inteligente. Sin ánimo peyorativo alguno, afirmo que si la fantasía, con su nulo respeto hacia la realidad, se muestra más propia del escapismo de la infancia, la cf, por el contrario, intenta encontrar la maravilla dentro de lo establecido, de encontrar los elementos fantásticos que conforman la esencia de la realidad misma. El gusto por una u otra responderá en parte a la capacidad que cada uno tenga de conectar con su parte infantil. O de escapar de ella.