viernes, 18 de agosto de 2017

Roger Zelazny. Tú el inmortal


Se acaban de conceder los premios Hugo de 2017. La lista de ganadores ha llamado la atención debido al número de mujeres que contiene. La presencia femenina en la categoría reina, la de novela, solo ha sido usual en las últimas décadas: en los últimos 30 años, 18 premios han recaído en hombres y 14 en mujeres, lo cual no llega a ser absolutamente igualitario, es cierto, aunque tampoco tenga por qué serlo, digámoslo, un premio basado presuntamente (subráyese) en la calidad. Aunque esto no es una competición entre sexos, lo más reseñable de este año ha sido el dominio femenino casi absoluto, extendido a prácticamente todas las categorías; por la alternancia que supone, se trata, sin duda, de una buena noticia para el progreso de la ciencia ficción.
En cuanto al premio Hugo en sí, saben los lectores de este blog que hace bastantes años que dejé de tenerlo en cuenta. Me interesa únicamente por su utilidad, por su valor como aproximación al estado de popularidad de ciertos autores y temas. Y es que, debido al sistema de votación, los Hugo, al igual que nuestros entrañables premios Ignotus, son vulnerables a circunstancias y movimientos como los que en años recientes provocaron el lamentable affair de los Puppies. Sea como sea, en unos premios en los que la calidad hace tiempo que dejó de ser determinante, que gane el lado correcto, moralmente hablando, no deja de ser buena noticia.
Un vistazo al historial de premios en la categoría grande, la de novela, da una idea exacta de cómo ha ido degradándose el premio Hugo con los años. Con alguna contada excepción, un porrón de libros en su mayoría incontestables (excelentes, obras maestras, clásicos...) recorre la línea temporal hasta los ochenta, década en la que comienza a colarse alguna novela, digamos, más floja, un signo de debilidad que poco a poco va aumentando hasta la pérdida de identidad del premio en la década de 2000. No estoy diciendo que no haya buenas obras en estos últimos años, me estoy refiriendo a la decreciente densidad de ellas, a concesiones a la popularidad exterior y a la inclusión de textos de un subgénero que en origen no estaba en el corazón del premio.
La desconfianza se paga, y en mi caso me ha llevado a no leer un solo premio Hugo en los últimos años. No se preocupen, soy un tipo de mente abierta y confío aún en las recomendaciones de algunos (contados) compañeros, así que me dispongo a hacerlo en cuanto tenga tiempo. Aunque cada vez me apetezca más volver la vista atrás y adentrarme de nuevo en aguas ya navegadas, novelas como este viejo premio Hugo que reseñé hace ya unos cuantos años.



En el último año hemos asistido en nuestro país a la reivindicación de Roger Zelazny. Tras la reedición en formato de bolsillo por parte de Minotauro de El señor de la luz y la publicación de obras tan brillantes como La edad de oro, de John C. Wright, e Ilión, de Dan Simmons, deudoras en distinta forma del tratamiento mitológico zelazniano, cabía esperar la reaparición de su segunda obra más reseñable.
Tú el inmortal, ganadora del premio Hugo en 1966 (compartido nada menos que con el Dune de Herbert), fue la primera novela publicada por el autor, que ya había ofrecido muestras de su originalidad e ingenio en un gran número de cuentos, tales como “Una rosa para el Eclesiastés”, “Las puertas de su cara, las lámparas de su boca” e incluso “...Y llámame Conrad”, embrión del interesante clásico que se reseña en este texto. Precursor de la new wave en su rama norteamericana, Zelazny fue un escritor de rápida eclosión que inmediatamente ganó prestigio y alcanzó su máximo potencial al orientar su estilo narrativo, brillante en lo descriptivo, fresco en los directos y desnudos diálogos, hacia una suerte de fantasía científica en la que la ciencia toma aspecto de magia en el más estricto sentido clarkiano.
En ésta, su ópera prima, Zelazny presenta los mimbres de una visión temática que perfeccionaría y culminaría sólo un año más tarde en su mejor obra, El señor de la luz, donde la ciencia acaba siendo algo tangencial, que conforma la excusa de una trama de aspecto puramente fantástico, una epopeya divina basada en el panteón de dioses hinduista. Por Tú el inmortal desfilan héroes y monstruos trasuntados de una mitología distinta, la griega, aunque en un escenario más afín a la ciencia ficción.
El protagonista es Conrad Nomikós, humano inmortal debido (quizás) a los efectos de la radiación que cubrió amplias zonas de la Tierra tras la Guerra de los Tres Días, un apocalipsis atómico que dio como resultado una alta población de mutantes. Antiguo héroe revolucionario, ahora en el anonimato por voluntad propia, ostenta un pequeño cargo en el ministerio terrestre que le otorga una posición privilegiada entre congéneres humanos y extraterrestres veganos, salvadores y por ello nuevos arrendadores del planeta. Conrad recibe el encargo de servir de guía en la expedición que conducirá al vegano Cort Myshtigo desde Egipto hasta una oscura Grecia plagada de peligrosos monstruos. Un viaje que, de alguna manera, se adivina crucial para el destino de la humanidad.
Los dos mayores atractivos de la novela se encuentran tanto en su desarrollo aventurero, que convierte la lectura en un auténtico disfrute, como en el carisma de su personaje principal. Es cierto que se puede distinguir un importante poso ideológico en las obras de Zelazny, pero éste se asienta más en la esencia del protagonista que en los ejercicios de alta política que se repiten de fondo en sus novelas. Suele ser siempre un francotirador revolucionario que, a pesar de su aparente desgana, coloca su anhelo de justicia social por delante de lo demás, incluso a veces de sus mismos compañeros; un solitario antihéroe dado a la filantropía. Tras los grandes poderes, los terribles enfrentamientos y las maniobras de alto nivel, siempre destaca el anhelo individual del personaje destinado a la lucha desinteresada.
El Zelazny de esta obra aún no ha radicalizado su visión literaria y busca agradar al lector. Quizá por eso es menos trascendente, pero también más fácil de digerir. La editorial Bibliópolis ha decidido, motivada seguramente por la corta extensión de la novela, añadir un ensayo, obra de Iván Fernández Balbuena, dedicado al autor y a la obra, así como ofrecer una nueva traducción de Joaquín Revuelta. Mientras las ya numerosas editoriales de cf de nuestro país sigan reflotando clásicos como éste, no habrá año sin buenos libros.


La versión original de esta reseña fue publicada en Bibliópolis, crítica en la Red.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Miquel Barceló y Pedro J. Romero. El otoño de las estrellas


El año pasado se publicó, al fin, un libro que los aficionados a la ciencia ficción habíamos estado esperando unos tres lustros. Tanto fue el retraso que las bromas desde el fandom fueron surgiendo en cascada, e incluso yo me sumé al corrillo escribiendo un artículo ligero para una actualización del Día de los Inocentes. Lo cierto es que ojalá se hubiera pospuesto aún más su aparición, porque el contenido resultó ser un auténtico desastre. Vergonzosamente incompleta, parcial, tendenciosa y obsoleta desde su misma fecha de publicación, la "Nueva Guía de Lectura de la Ciencia Ficción" parecía más una tomadura de pelo que un ensayo serio (¿quizás la respuesta a nuestros chistes?). Si saben ustedes de cf, que ya sé que sí, prueben a ojearla y en un par de búsquedas se darán cuenta de lo que hablo.
Su única valía se encuentra en el material copiado de la original Guía de 1990, un ensayo fundamental, de referencia para toda una generación. La parte "nueva" funciona como un artefacto publicitario al servicio de la editorial en la que el autor ha trabajado como seleccionador durante todos estos años. De las más de 40 novelas que ocupan el espacio entre la antigua Guía y la actualidad, casi el 90% han sido publicadas por Ediciones B. La única novela española que se cita, que reseño a continuación, fue co-escrita por el propio Barceló. Si unimos a todo ello la ausencia de autores cruciales en las últimas décadas, dentro del propio género (Bacigalupe, Mieville, Chiang, Harrison, Hamilton...) y fuera de él (McCarthy, Roth, Ishiguro, Houellebecq...), y de obras imprescindibles de la actual ciencia ficción (de La carretera a La chica mecánica), y sumamos el ninguneo absoluto a los autores españoles (de los Aguilera, Vaquerizo, Martínez a los Piñol, Monteagudo, Somoza), no queda otra calificación para esta Guía que la de mera propaganda editorial y personal, lo que la convierte en un mero producto de fábrica, absolutamente innecesario.
Sobre las nuevas artimañas publicitarias editoriales, la inclusión de portales y blogueros entre sus recursos y el estado actual de las cosas en el fandom me explayaré en otra ocasión. De momento, pueden saciar su curiosidad echándole un ojo al segundo artículo (magnífico como el primero, arriba enlazado) que Ignacio Illarregui le dedicó al asunto, titulado Sobre la “Nueva” guía de lectura, la negligencia editorial y la crítica ejercida como una labor de promoción. Encontrarán en él claras concomitancias con algo que ha suscitado cierta polémica en el fandom estas últimas semanas y que tiene que ver con otra editorial cercana.
Y dejo paso a la novela, cuya breve reseña tiene su propia historia. La encontré en una carpeta grabada en un disco olvidado, en el fondo de una bovina de 50 unidades. Procedía de otro tiempo, de un viejo ordenador que ya ni recuerdo. Rotulado con el aséptico título de Copia de seguridad Silenus 2, el disco contenía antiguallas, algunas sorprendentes: reseñas, artículos e incluso cuentos que, si el tiempo lo permite, iré recuperando aquí.




Secuestros temporales perpetrados por agujeros negros; la persistencia de la identidad en nuevos soportes físicos; la suma de conciencias universales convertida en dios; metamorfosis corporales a la carta o, lo que es lo mismo, Pohl, Egan, Simmons, Sheffield... Todo eso y más es El otoño de las estrellasPedro J. Romero y Miquel Barceló aportan su grano de arena a la ya vieja -pero aún viva- discusión fondo vs. forma, y lo hacen echando mano de los pesos pesados que mejor han defendido en los últimos años su postura. Para demostrar que el principio activo que mueve a la ciencia ficción son las ideas, se sirven de lo más granado del ideario hard actual, añaden alguna aportación original realmente interesante y nos acercan al final de nuestro universo.
La novela es un refrito de elementos presentados anteriormente por otros autores, lo que invita a preguntarse si no estará ya todo contado en esto de la ciencia ficción, si realmente lo más importante no será a estas alturas cómo se cuenta y no qué. Curiosamente, las bondades de tantas ideas, aunque repetidas, son lo suficientemente estimulantes como para continuar apasionando por su indiscutible poder de atracción, de tal modo que ni el estilo simple, irritante a veces por reiterativo, ni la planicie de los personajes -uno de los protagonistas podría pasar por primo hermano del Frank Poole de 3001, odisea final-, logran amortiguar la fuerza que atesora el conjunto de brillantes ideas, ajenas y propias, que suma la novela.
El otoño de las estrellas resulta ser, como dice el propio Barceló en el prólogo, la adaptación, humilde pero también moderna, del Hacedor de estrellas de Stapledon, esta vez dotado de trama compleja y reconstruido con las más frescas ideas de la última ciencia ficción “dura”; una magnífica oportunidad para conocer de primera mano los defectos y las virtudes de la llamada “literatura de ideas”.


viernes, 4 de agosto de 2017

Sheri S. Tepper. El árbol familiar

Ya. Lo sé. Mucho tiempo desde la última vez, ¿no? ¿Por qué ahora?, se preguntarán. Sólo puedo responder "por qué no". Simplemente, me apetece de nuevo.
¿Esta actualización, este libro, a qué vienen? Lo cierto es que no lo sé, supongo que mi subconsciente quiere decirme algo. Quizás debería repasar qué es lo que me ha influído en estas últimas semanas, así tal vez daría con ello. Jueguen a descubrirlo, si les place.
El caso es que, casi un año después, en pleno mes de agosto, vuelvo para recuperar una reseña publicada en la revista Gigamesh, sobre un libro que cabalga a medias entre la fantasía y la ciencia ficción, escrito por una mujer y con un mensaje ecologista que, por impericia de la autora, parece pura propaganda. Cuantos más años cumplo (y ya son bastantes) más me convenzo de que la auténtica literatura descansa en los recovecos de lo etéreo, de lo escondido, de lo que no se nombra. Cada vez soporto menos la evidencia, la falta de sutileza. La de esta autora, por ejemplo.
Me alegra verles de nuevo.


Rebelión ecologista en la granja

Entre muchas otras cosas, la década de los 90 será recordada por fenómenos como el mestizaje multidisciplinar o la preocupación por la ecología; se puede afirmar, por lo tanto, que esta novela publicada en 1997 por Sheri S. Tepper es, inconfundiblemente, un producto de su tiempo. El árbol familiar encierra un agresivo mensaje de carácter ecologista llevado hasta sus últimas consecuencias por medio de una historia que mezcla fantasía y ciencia ficción. El resultado final es, cuando menos, chocante.
Un despliegue de ismos -ecologismo, surrealismo, sexismo, catastrofismo y, en su finalización, extremismo- conforman los pilares de esta fábula moral de estructura bífida. Comienza con dos argumentos paralelos que, en su predecible unión, encuentran pleno desarrollo a un tercio de la conclusión del libro. Este tipo de arquitectura, que evoca referencialmente obras tales como Cronopaisaje, de Gregory Benford, o La historia interminable, de Michael Ende, permite a la autora alternar a la vez los dos géneros literarios que mejor maneja y ofrecer al lector, en determinado momento de la narración, una divertida propuesta cuyo fondo peca de revisionista.
El árbol familiar comienza con la descripción de dos búsquedas que, en principio, no muestran puntos en común: una de carácter detectivesco, situada en un presente en el que las plantas comienzan a proliferar de manera descontrolada, y otra de aspecto marcadamente tolkieniano, en la que un exótico grupo viaja por tierras extrañas en pos de la resolución de un enigma. Ambas tramas acaban convergiendo gracias al empleo de una portentosa y anónima maquina del tiempo, indisimulado mcguffin del libro cuyo origen y finalidad acabarán siendo un absoluto misterio. El resultado de esa unión, que habría hecho sonrojar al mismísimo George Orwell, recuerda argumentalmente al filme de Terry Gilliam “12 monos”, y permite, aparte de la mencionada revisitación a lo leído bajo una nueva perspectiva, dar rienda suelta a la autora para relativizar el significado de la palabra persona y cargar con furia contra el antropocentrismo reinante.
Durante el transcurso de la historia, muchas más cosas. Escenas que provocarían el delirio imaginativo de cualquier maestro de la infografía; la interesante propuesta de la tecnología como artificio debilitador de la magia; casualidades al servicio de la trama; guiños como el de una Dorita adulta arrebatada del mundo por un torbellino y la enésima visita al mito de Gaia, aquí con un nombre distinto.
El arbol familiar transcurre como un genuino entretenimiento, escrito con buen ritmo y estilo ameno, hasta las proximidades de su conclusión, donde se degrada de forma notable. Aunque el círculo logra cerrarse satisfactoriamente, deja una sensación de pérdida de objetivos remarcada por la falta de importancia final de los árboles, al principio teóricos protagonistas de la novela. La manera tremendista y precipitada con la que finalmente se desvelan las verdaderas intenciones de la autora, su premeditado mensaje, desfiguran el buen recuerdo que el libro podría haber dejado. El subargumento final, inocente e imposible, coloca a Sheri S. Tepper en la militancia ecologista radical, y a su novela, en otra buena oportunidad desperdiciada.


El texto original de esta reseña fue publicado en el nº 30 de la revista Gigamesh.